Novela por Entregas, El asesino imaginario (Capítulos 31, 32 , 33 y 34) por Fernando Arnáiz

XXXI

 

Tenía razón la anciana: olía que apestaba. Lo había advertido en la cara de Salinas cuando se acercó a él en el despacho. No le había hecho la cobra, pero le había faltado poco. Entró en los servicios de caballeros.

—¡Hombre, Sito!

—¡Lalo! ¿Qué tal?

—Pues ya ves, cambiándole el agua al canario.

Sito se colocó en otro de los urinarios y esperó hasta que Lalo hubo terminado. En cuanto vio que salía de los aseos, se desabrochó la camisa y la colocó en la encimera. Se mojó las manos, cogió un poco de jabón y se lavó la cara, las axilas, los hombros y el pecho. Arrancó un trozo de papel y se secó como buenamente pudo. Pero notaba la entrepierna pegajosa, por el sudor. Miró a la puerta. Aquel baño estaba un poco alejado de todo, y casi nunca entraba nadie. Se volvió a mojar las manos, cogió algo más de jabón, se metió en uno de los retretes y cerró la puerta. Se bajó los calzones y se pasó un buen rato limpiándose a fondo. Solo entonces se dio cuenta de que no había rollo de papel higiénico. “¡Mierda!”. Se subió los calzoncillos y entreabrió la puerta. Tras comprobar que no había entrado nadie sin que se diera cuenta, salió en busca del papel de manos que había junto al lavabo, con los pantalones por los tobillos, andando a pasitos, como un muñeco robot. A medio camino, se abrió la puerta y apareció una de las señoras de la limpieza, empujando su carrito. Sito, al verla, intentó dar la vuelta a toda prisa, con tan mala suerte que se enredó en los pantalones, pisó el cinturón y acabó cayendo, derribado como un bolo, en medio del aseo.

—¡Ay, Dios mío! ¡Pobre! ¿Se ha hecho daño?

La limpiadora le ayudó a incorporarse mientras Sito intentaba subirse los pantalones.

—¡Madre mía! ¡Qué golpe! ¡Cómo se le ha puesto el ojo!

—No se preocupe. Estoy bien.

—Pero ese ojo…

—Ya lo tenía así, de otro golpe. No ha sido nada. —Sito terminó de abrocharse el cinturón.

—¡Pues vaya racha que lleva!

Sito se acercó al lavabo, cogió papel y se dirigió al retrete.

—¡Si yo le contara!

—Entonces, ¿está bien? ¿Seguro?

—Sí, sí, no me ha pasado nada, de verdad. Muchas gracias. —.”Vaya hostión me he dao en el coxis “.

Poco después, renqueando, salió del baño en dirección a la casita.

—Caray, José Luis —le dijo el vigilante de la puerta trasera, un individuo llamado Celestino que se conocía al dedillo la historia de muchos de los ejemplares del museo, y a quien le encantaba intercalar expresiones en latín, francés o inglés en cuanto se le presentaba la mínima oportunidad—. Está hecho un ecce homo.

—Hombre, pues muchas gracias, Celes. ¡Menos mal que alguien me dice algo agradable!

—Pase pase —dijo el vigilante, sujetándole la puerta.

Se encontraba cerca de la casita cuando vio a Menchu saliendo por la puerta.

—Pero ¿qué te ha pasado? —dijo al ver que cojeaba.

—Un par de caídas tontas. No te preocupes.

—¡Pues vaya! ¡No te privas de nada! Al menos —dijo acercándose a su cara—, tienes mejor el ojo. Menos hinchado. ¿Puedes ver bien?

—Sí, sí.

—Bueno, me alegro. Ven, vamos a la sombra, ¡que hace un calor…!

Se cobijaron en un banco, protegidos de la solanera por los pinos piñoneros del jardín.

—Me ha dicho Salinas que has ido a casa de Cárdenas. ¿Y eso?

—Le oí que quería enviar a alguien, y me ofrecí voluntario.

—Bien hecho. ¿Y?

—No está en la casa. Al menos no responde. Y su coche no está en el garaje. El portero no le ha visto desde hace días. Ha quedado en hablar con los vecinos, para ver si alguien le ha visto desde el domingo, y llamarme de vuelta.

—Le he contado a Salinas lo del alca.

—Lo sé. Ya le he llevado las fotos.

—Y ¿qué ha dicho?

—Pues se ha quedado impactado. Me ha felicitado por mi buen ojo clínico.

—¿En serio? Bueno, menos mal. Cuando he hablado con él, no lo he visto muy convencido.

—Pues lo de las fotos lo ha terminado de convencer, te lo aseguro.

—Bien, en ese caso supongo que pondrá el asunto en manos de las autoridades.

 

 

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XXXII

 

Salinas llamó a la policía poco antes del almuerzo, en cuanto Sito le dijo que le había llamado el conserje para decirle que ninguno de los vecinos de Cardenas lo había visto en los últimos días. La última había sido su vecina de enfrente, una periodista retirada, que decía haberlo visto el jueves de la semana anterior. Tras darle a la agente que le atendió todos los datos identificativos del desaparecido, así como las explicaciones relativas a la desaparición —incluida la sospecha de que Cárdenas pudiera estar involucrado en un robo en el museo—, y responder a algunas de sus preguntas, la agente le pidió que esperara en línea un momento.

—¿Señor Salinas? —dijo unos minutos más tarde—. Realizaremos una comprobación en los hospitales de la Comunidad, por si se encontrara ingresado en alguno de ellos. De ser así, se lo haremos saber cuanto antes. En caso contrario, enviaríamos a alguien para hablar con usted esta misma tarde.

—De acuerdo. Muchas gracias.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

 

Eran poco más de las tres y media cuando Valpi se asomó a la puerta de su despacho para anunciar la llegada de dos policías.

—Hágales pasar.

Se puso inmediatamente en pie para recibir a sus visitas: una mujer que rondaría los cuarenta, atlética y nervuda, con el pelo castaño recogido en una coleta, y un hombre entrado de largo en la treintena, con bastantes entradas en el pelo, aspecto de quien está de vuelta de todo, y displicente en su gesto y maneras.

—Ramón Salinas —dijo a la vez que le tendía la mano a la mujer.

—Inspectora Tania Muguruza. —Le estrechó la mano con fuerza y se volvió hacia el hombre que la acompañaba—. Mi compañero, el oficial Roberto Fábregas.

—Encantado —dijo este, dándole la mano a Salinas.

—Por favor, siéntense. Deduzco por su presencia que la búsqueda en los hospitales ha sido infructuosa.

—Así es. Al menos en Madrid, Castilla y León y Andalucía. Estamos a la espera de recibir noticias del resto de España. Podría ser el caso de que estuviese ingresado en cualquier otro sitio, aunque las probabilidades se reducen. Si más tarde apareciese ingresado en algún otro lugar, bueno, habríamos perdido el tiempo viniendo aquí, es cierto, pero en el caso de las desapariciones es fundamental actuar lo antes posible. Hemos preferido adelantarnos. Lo que me lleva a preguntarle: ¿Cómo es que no denunció la desaparición del señor Cárdenas antes? —La inspectora sacó una libreta—. Por lo que tengo entendido, lleva sin dar señales de vida desde ayer a primera hora.

—Bueno… pensaba que había que dejar pasar al menos 24 horas antes de denunciar una desaparición.

—Me lo imaginaba. ¡Malditas películas! No, señor director, no hay que esperar 24 horas. Si se sospecha, con causa justificada, que la falta de noticias de alguien puede responder a una desaparición, especialmente involuntaria o forzosa, cuanto antes se avise a la policía, mejor. Las primeras horas son clave. Cuanto más tiempo transcurre entre la desaparición de un sujeto y la interposición de la denuncia, menores son las posibilidades de encontrarlo.

—¡Vaya! No lo sabía. Pensaba que… Bueno, la verdad es que tampoco es que tuviese la certeza plena de que se tratase de una desaparición. De ahí que, antes de llamarles, prefiriese realizar algunas averiguaciones por mi cuenta. Hemos intentado localizarlo en su móvil y en el fijo de su casa, hemos contactado con su familia…

—El señor Cárdenas ¿está casado?

—Divorciado.

—¿Hace mucho?

—No estoy seguro. Le conozco hará unos seis años, y que yo sepa ya estaba divorciado por entonces.

—¿Hijos?

—Una hija de diecisiete años. Vive con la madre.

—¿Sabe si viven sus padres, si tiene hermanos…?

—Por lo que me contó su exmujer, tiene una hermana que vive en Suiza, y una tía en Galicia. Los padres murieron hace algunos años ya. Aparte de eso…

—¿Sabe si vive con alguien?

—No sabría decirle. Es muy reservado. Aunque creo que no, que vive solo.

—Me imagino que, entonces, no sabrá si tiene algún tipo de problema familiar. Con su mujer, por ejemplo.

—No. Como le he dicho, es muy reservado.

—Bien. ¿Ha realizado usted alguna otra pesquisa?

—Envié a una persona a su casa esta mañana, no fuera a ser que le hubiera pasado algo estando en su interior. Algún accidente doméstico, un infarto… Pero parece que no había nadie, su coche no estaba en el garaje y ni el portero ni los vecinos le han visto en los últimos días.

—Y ha sido entonces cuando se ha decidido a llamarnos.

—Efectivamente.

—¿Tenía el señor Cárdenas algún problema laboral?

—No. Nada en particular.

—¿Problemas económicos?

—No sabría decirles. No lo creo. Siempre iba bien vestido, cuidaba su aspecto…

—Y no ha solicitado ningún tipo de adelanto…

—No, habría pasado por mí.

—Bien. ¿Han notado en él algún comportamiento fuera de lo normal últimamente?

—No, parecía totalmente normal.

—Ni síntomas de ansiedad, ni de depresión.

—No. No en el trabajo al menos. Que yo sepa.

—¿Le consta algún tipo de adicción? ¿Alcohol, drogas, adicción al juego tal vez?

—No, en absoluto.

—Bien… ¿qué más…? —La inspectora revisó su libreta—. ¡Ah, sí! ¿El señor Cárdenas tenía coche, moto…?

—Un coche. Un Audi A4. Negro.

—Supongo que tendrán aparcamiento propio, aquí, en el museo.

—Sí. Tiene una plaza asignada.

—¿Han mirado si el coche está en el aparcamiento?

—Pues no. No se me había ocurrido. Le diré a mi secretaria que salga a mirar.

—No se preocupe. Ya nos encargamos nosotros. Necesitaríamos que nos proporcionase la matrícula, eso sí.

—Sin problema. Se lo pediré a gerencia.

—Bien. Pasemos ahora al asunto del robo. Esta mañana, cuando contactó con nosotros, le dijo a la agente que le atendió que creía que la desaparición del señor Cárdenas podía estar relacionada con un robo sufrido por el museo.

—Así es.

—Sin embargo, no nos consta que se haya presentado denuncia alguna en ese sentido.

—Bueno, eso es porque no lo he hecho. No tengo la seguridad de que se haya producido robo alguno.

—No le entiendo.

—Resulta algo complicado.

—No se preocupe. Seguro que hemos visto cosas más raras.

Salinas les contó entonces que aquella mañana había ido llamando a sus subordinados con la esperanza de que alguno de ellos pudiera decirle algo sobre el paradero de Cárdenas. Pero que, debido al carácter difícil de este, solo mantenía con los demás las imprescindibles relaciones profesionales a las que le obligaba su cargo.

—Nadie sabía nada. Con una excepción, las de dos miembros del equipo de Cárdenas: una de las coordinadoras de las exposiciones, la señorita Carmen Espejo, y el fotógrafo del museo, José Luis Lomas.

El director les relató con todo lujo de detalles el conjunto de lances en que se habían visto involucrados sus dos subalternos tras el descubrimiento por Sito de la falsificación del alca gigante.

—Y, si estaban seguros de que Cárdenas y… ¿cómo dijo que se llamaba el otro hombre, el conservador del museo?

—Delgado. Amalio Delgado.

—Delgado. Pues como decía, si estaban convencidos de que habían falsificado el alca y dado el cambiazo antes de que lo mandasen de vuelta a París, ¿cómo es que no le han dicho a usted nada hasta esta mañana? ¿Por qué esperaron a que les preguntara usted si sabían algo sobre el paradero de su jefe?

—Según me dijo Carmen, porque no estaban seguros de que, con las pruebas de que disponían, fuese a creerles.

—Se refiere a las fotos del alca.

—Sí.

—Y ¿tenían razón al suponerlo?

—Bueno, yo no pondría la mano en el fuego por su teoría, si quiere que le diga la verdad. Solo son fotos. Hay alguna diferencia entre las obtenidas a finales de noviembre y las que se hicieron hace unos días, sí, pero son menores. Creo que ellos están convencidos de que esas diferencias son lo suficientemente reveladoras, pero a mí, qué quiere que les diga… Creo que la única manera de saber si el alca que enviamos a París es falsa es realizando una inspección y una serie de análisis que permitan determinar su antigüedad.

—¿Ha contactado ya con el museo de París? —preguntó Fábregas, saliendo de su mutismo.

—Pues… no.

—Y ¿tiene intención de hacerlo?

Salinas se movió inquieto en su sillón.

—De momento preferiría abstenerme, si quiere que le sea sincero. Al menos hasta tener una mínima certeza. No puedo poner en peligro la reputación del museo a ojos de los franceses basándome en una simple sospecha. Si al final resultara que no es más que una falsa alarma, nos dejaría en muy mal lugar. Innecesariamente.

—Ya veo. ¿Cree usted que es posible realizar una réplica de ese animal tan perfecta como para que —la inspectora revisó sus notas de nuevo— un especialista como el señor de Rugy no detectara el cambio?

—Lo veo difícil, aunque no imposible. De Rugy es uno de los conservadores de mamíferos del museo. Las aves no son su especialidad y, por tanto, no estaba familiarizado con el alca.

—Al contrario que el otro conservador, el que acabó en el hospital víctima de una paliza.

—Brisson, sí. Él conocía el alca a la perfección.

—Muy bien. Dice usted que realizar una réplica tan perfecta es difícil, pero no imposible. Haría falta alguien muy ducho en la materia. Alguien como… ¿el señor Delgado?

—Ya le he dicho que lo veo extremadamente complicado. Se trata de un animal extinguido. Sería prácticamente imposible obtener plumas de un alca gigante. Habría que tirar de las de algún otro tipo de ave lo suficientemente parecidas para que no se distinguiesen del original. Y aún así…

—Veamos, ¿dónde podrían conseguirse ese tipo de plumas? ¿En internet, quizás?

—Podría ser, no sabría decirles. Es posible. Hoy en día se puede conseguir casi de todo en internet. Aunque yo me decantaría por un zoológico o un museo como el nuestro. Tenemos una colección de pieles de aves extraordinaria. Aunque hay otros museos con colecciones mayores que la nuestra, como el de Tring, en Inglaterra. Conservan las pieles del 95% de las aves de todo el planeta.

—Entonces, sería posible que el señor Delgado hubiese sustraído algunas plumas de la colección de este museo para realizar la falsificación… A fin de cuentas es uno de los conservadores de aves.

—Es posible. Aunque lo dudo.

—¿Qué es lo que duda? ¿Que el señor Delgado haya sido técnicamente capaz de hacer una réplica de un alca gigante, que sea moralmente capaz de hacerlo o que pueda haber robado algunas plumas de su colección?

—Me resisto a creer que haya hecho algo así.

—Pero podría haberlo hecho. Trescientos mil euros puede ser una cifra demasiado apetitosa.

—Supongo.

—Imaginémonos por un momento que el señor Delgado hubiese conseguido el material necesario. ¿Sería capaz de hacer algo así? Desde el punto de vista técnico.

—Técnicamente sí, es muy capaz de hacerlo. Además, se da la particularidad de que tiene un taller de taxidermia. A nivel particular.

—Eso suena muy interesante. Sí, muy interesante. En cuanto a las plumas, supongo que el museo tendrá algún catálogo o registro de las piezas de su colección.

—Por supuesto. Está todo perfectamente catalogado y registrado, informáticamente.

—En ese caso le agradecería que investigase si echan algo en falta.

—Por supuesto.

—Bien… Cambiando de tema, ¿qué opinión le merecen Carmen y José Luis?

—Pues… son unos buenos profesionales, sensatos, agradables al trato. Buena gente. Nunca he tenido un problema con ellos.

—Pero su relación con el señor Cárdenas no era muy buena.

—¡Tanto como no muy buena…!

—¿Cómo la calificaría usted?

—Bueno, supongo que como la típica relación que puede tener alguien con un jefe… autoritario.

—Ajá. ¿Cómo de autoritario? ¿Un poco autoritario, medianamente autoritario, un déspota…?

—Eh… Digamos que sus decisiones pueden ser, en ocasiones, algo… arbitrarias.

La inspectora se puso a repasar sus notas.

—Dijo usted antes que el señor Cárdenas no se relacionaba con el resto del personal del museo porque tiene un carácter difícil.

—Sí.

—¿Qué quiere decir con difícil?

—Pues… que se trata de una persona algo arrogante. Prepotente. No se relaciona mucho con los demás. Ni los demás con él, claro está. Solo para lo estrictamente necesario. Digamos que trata a todo el mundo con cierto desdén. Puede resultar incluso ofensivo, en ocasiones.

—Pero no con usted.

—Eh… no. No conmigo.

—Ya. ¿Cree que puede haber tenido alguna disputa recientemente con alguien del museo? Algo lo suficientemente grave como para que alguien decidiese causarle algún daño.

—No, no. Eduard puede llegar a ser insoportable, ofensivo como les decía, pero sus enfrentamientos con otros miembros del museo no han llegado nunca a tanto. No.

—Bien.

—¿Tiene idea de si el señor Cárdenas tenía alguna afición? —intervino Fábregas—. Si le gustaba, por ejemplo, practicar deportes de naturaleza: senderismo, escalada…

—No que yo sepa. Pero como les he dicho, es algo reservado en lo que toca a su vida personal. Aunque no tiene aspecto de deportista. Senderismo… pudiera ser. La única actividad de la que habla con cierta frecuencia es la navegación. Tiene un barco, un yate. En Marbella. Suele aprovechar para ir a navegar en cuanto tiene oportunidad. Cuando hay un puente o en vacaciones.

—Lo investigaremos —apuntó la inspectora—. Si lo que dicen sus chicos sobre el alca es cierto, una vez vendido podría haber cogido el coche para ir hasta Marbella, subirse a su yate y largarse. Puede que a Marruecos. Una vez allí podría desaparecer con rumbo desconocido. Y a estas alturas, estar en cualquier lugar. —Miró a su compañero— ¿Se te ocurre algo más? —Fábregas negó con la cabeza—. Bien, eso es todo de momento. Aunque antes de irnos querríamos hablar con algunos de sus empleados. Con el señor Delgado, con Carmen y José Luis, y también con el resto de personas a cargo del señor Cárdenas. ¿Podríamos disponer de algún lugar discreto donde llevar a cabo las entrevistas?

Los policías se pusieron en pie.

—Sí. Le diré a mi secretaria que les busque algún lugar apropiado. Les dará además una lista del personal. ¿Tienen alguna preferencia en cuanto al orden en que quieren entrevistarlos?

La inspectora Muguruza se quedó pensativa un instante.

—Me gustaría empezar por los compañeros de Carmen y José Luis. Después con ellos y, por último, con Delgado. Dígales que estamos investigando la desaparición del señor Cárdenas. No comente nada sobre el alca de momento.

—Entonces, ¿descartan lo del robo?

—No, en absoluto. Veamos qué averiguamos durante las entrevistas. Si vemos que hay visos de que se trate de un hurto, se lo comunicaremos de inmediato a nuestros compañeros de Robos. De ser así, la desaparición del señor Cárdenas sería una consecuencia lógica del asunto y nosotros nos quitaríamos de en medio. Pero si, como opina usted, no existe el hurto como tal, seríamos nosotros desde Desaparecidos quienes continuaríamos con la investigación. Aunque, si no sacamos nada de las entrevistas sería necesaria la participación de las dos unidades. Ya veremos. ¡Ah! Necesitaremos los números de teléfono del señor Cárdenas y de su exmujer.

—Por supuesto.

—Y nos gustaría echarle un vistazo a su despacho y a su ordenador. Necesitaremos que lo desbloqueen si es que está bloqueado. Y acceso a su correo electrónico, al del museo.

—No hay problema. Me encargaré de ello.

 

 

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XXXIII

 

El pequeño despacho que les habían asignado se encontraba próximo al del director. Una habitación alargada, con las paredes pintadas, como el resto del lugar, de un color crema apagado por el paso del tiempo; no demasiado bien iluminada, con las paredes llenas de pósteres de exposiciones y congresos, de diplomas y fotografías, un escritorio inundado por montañas de documentos, una mesa de reuniones circular y una vitrina repleta de libros, todo ello de aspecto anticuado.

—¡Y nos quejamos de nuestras oficinas! —dijo Fábregas—. Esto parece sacado de una película de los sesenta.

—Bueno, al menos es un sitio tranquilo.

—¿Les digo a Susana y Fermín que hablen con la familia?

—Sí, ponles en antecedentes. A ver si corroboran lo que nos ha contado el director. Y ya sabes, que les pidan que contacten con amigos, conocidos… a ver si alguno sabe algo. Voy a hablar con el jefe para que pida una orden de registro del domicilio de Cárdenas. A ver si podemos tenerla esta misma tarde. Y le pediré que hable con los franceses, para que se pongan en contacto con el Museo de Historia Natural de París, a ver si pueden confirmar la autenticidad del alca gigante. Diles a los chicos que, en cuanto el jefe les entregue la orden de registro, vayan pitando a casa de Cárdenas. Si no encuentran nada, que interroguen al vecindario. Y les mandas la foto que nos han dado, que la vayan enseñando por los comercios del barrio: quioscos de prensa, panaderías, bares, supermercados… ¡Ah! Y habla con Juancho. Mándale la lista que nos han dado del personal del museo. Que vaya mirando si alguno de ellos tiene ficha. Dile que se encargue también del control de vuelos, trenes, hoteles, redes sociales, movimientos bancarios, tarjetas… ya sabes, lo de siempre. Que eche mano de Santi o Lucía. Si te pone pegas, que me llame.

—De acuerdo.

—Cuando termines de hablar con ellos, ve al aparcamiento, a ver si por un casual estuviese ahí el coche de Cárdenas. Aunque lo dudo. Después ve a registrar su despacho. Y su ordenador. A ver qué encuentras.

—Hecho, jefa. ¿Y lo de Marbella? Lo del barco…

—Encárgate tú también, por favor. Me llevará un buen rato explicarle el asunto al jefe. Y quiero hablar con Salazar, de la UDYCO, a ver que me cuenta del puticlub ese. Cuando acabe con ellos ya me pongo yo con las entrevistas. Así vamos ganando tiempo. Pero cuando acabes te vienes. Cuatro orejas oyen mejor que dos.

Un cuarto de hora más tarde, llamaron a la puerta.

—Un segundito, Antonio.

Tania se dirigió a la puerta y la abrió. Dio un respingo involuntario al encontrarse con la cara de Valpurgis a pocos centímetros de la suya.

—Ya está aquí el primero.

—Vale, gracias. Que espere un momento. Estoy con una llamada. Ahora le aviso.

Unos minutos más tarde, Tania abrió la puerta y llamó al primero de la lista: Lalo, uno de los educadores. Vinieron después el resto de ellos; o ellas, puesto que Lalo era el único varón que ejercía dicha función. Más tarde le tocó el turno a Mercedes, la responsable de la revista del museo, y a Tere, su ayudante. A todos les hizo las mismas preguntas. Sus respuestas fueron básicamente las mismas: habían visto a su jefe por última vez el viernes; no tenían ninguna relación extraprofesional con él, ni conocían a nadie en el museo que la tuviera; no conocían a sus amistades ni a su familia; y no les constaba que tuviese problemas en el trabajo, ni adicciones de ningún tipo.  En cuanto al trato que les dispensaba, y pese a que la inspectora les juró que todo lo que allí se dijese se mantendría en secreto, y que el único objetivo de la entrevista era averiguar el paradero de su jefe, no todos debieron creérselo, ya que aunque la mayoría habló sin tapujos de las malas formas y las perrerías malintencionadas que Cárdenas les hacía a unos y a otros de forma continuada e indiscriminada, hubo quien optó por no arriesgarse, calificando su trato hacia ellos como normal. Lo mismo sucedió cuando se les preguntó sobre las relaciones de su jefe con el personal del resto del museo. Y aunque fueron muchos quienes admitieron que muchos en el museo hubiesen festejado con champán la marcha de Cárdenas, no creían que pudiese haber nadie que le guardase tanto odio y tanto rencor como para hacerle daño alguno.

Les preguntó después si habían estado presentes cuando, la semana anterior, Cárdenas había abroncado a Sito y a Menchu por el asunto de las fotos del alca gigante. Contestaron que solo habían presenciado la que le había echado a Menchu. Que, aunque la puerta del despacho estaba cerrada, lo habían oído todo. Cuando les preguntó cómo calificarían aquella situación, contestaron en el mismo sentido: que su jefe se había excedido, que había perdido totalmente los papeles. Por una circunstancia que, por otra parte, carecía de importancia. Aunque, y en esto coincidieron todos, era algo habitual.

—Así pues, era un hombre violento.

—De palabra sí, pero nada más.

—¿Con todo el mundo? ¿Con usted también?

—Conmigo no mucho, la verdad —había contestado Lalo— Sobre todo con Menchu, me atrevería a decir.

—Conmigo también, sí —había dicho Raquel—. Con Lalo y Sito no tanto, es sobre todo con las chicas. Entre usted y yo… es un poco misógino.

—Sí, conmigo también —había respondido Miren—. Aunque no tanto como con Menchu. Ella se las lleva todas.

—¿Y los chicos?

—A Sito también le cae alguna gorda de vez en cuando. A Lalo, en cambio, lo suele dejar en paz. Supongo que le impone. Le saca media cabeza y un hombro.

—Ya… ¿Y cómo diría que se encontraba Menchu al salir del despacho de su jefe? ¿Cómo se lo tomó?

—Pues cómo se lo iba a tomar… —dijo Lalo—. Mal, claro. Se le caían las lágrimas. Se marchó, y no la volví a ver en toda la mañana. Creo que Sito salió detrás de ella. Son buenos amigos.

—¿Cómo de buenos amigos?

—Muy buenos amigos.

—¿Mantienen una relación?

—¡No, qué va! —Lalo se echó a reír—. Ya le gustaría a Sito, ya.

—Así que a él le gusta Menchu.

—Eso salta a la vista.

—Bueno, esa es una opinión muy personal, ¿no le parece?

—No no, pregunte a cualquiera. Todo el mundo le dirá lo mismo. Salvo Sito, que no lo confesaría ni en el potro de tortura. Y la propia Menchu, que no tiene ni idea del asunto.

—O sea, que todo el mundo sabe que él está enamorado de ella, salvo ella misma.

—Bueno, al menos ella no parece darse cuenta.

—Es porque —dijo Miren— son amigos desde pequeños. Y claro…

—Un pagafantas —pontificó Raquel—. ¿Sabe lo que es un pagafantas? Pues eso.

—¿Y él, cómo es?

Ahí hubo todo tipo de respuestas: un pedazo de pan; un peluche; un parado, está en la inopia, no se entera de la misa la mitad; siempre disponible para todo, amable, cariñoso, preocupado por los demás; un buen tío, pero muy despistado; algo terco y cabezón también, las cosas como son, capaz de meter la pata hasta el fondo y a pesar de que resulte obvio, negar la mayor.

—¿Irritable?

¿Sito? ¿Irritable? Jamás. No, aunque cuando Cárdenas les echó la bronca a él y a Menchu, estuvo muy serio toda la mañana, enfurruñado, musitando por lo bajines. Se le veía cabreado, estuvo bastante callado, pero normalmente es muy tranquilo. ¿Iiritable? Leche es lo que tiene en las venas. Oiga, ¿no estará pensando en que Sito pueda tener algo que ver en la desaparición del jefe?

—No no, solo intento hacerme un esquema de lugar.

 

Finalizada la primera tanda de entrevistas, Tania Muguruza se quedó esperando al siguiente de la lista. Viendo que pasaba el tiempo y que no aparecía, salió a la puerta. No había nadie esperando. Se acercó a ver a Valpurgis.

—Me falta una persona —dijo leyendo el papel que llevaba en las manos—: Mateo Filón.

—Tenía médico esta tarde, pero volverá. Le llamé y le dije que se pasase por aquí en cuanto regresase.

—En ese caso, llame a la señorita Espejo, por favor.

—Ahora mismo.

—Gracias.

Fábregas apareció en ese momento por el fondo del pasillo y se acercó al trote. Entraron en el despacho y cerraron la puerta.

—¿Algo nuevo?

—Poca cosa. El coche no está en el aparcamiento. En el despacho de Cárdenas no he encontrado nada. Cosas del museo, eso es todo.

—¿Y el ordenador?

—Limpio, al menos a simple vista. El emilio también. Hasta he podido entrar en su gmail particular sin problema, tenía la contraseña guardada en el navegador… Aunque habría que revisarlo con calma, se me puede haber pasado algo. Y tendríamos que sacar la dirección de email de sus contactos.

—Bien hecho.

—He mirado también el historial de navegación y los favoritos. Nada que reseñar.

—De acuerdo. Habrá que mirarlo a fondo por si acaso. Le pediré al director permiso para llevárnoslo. ¿Fotos?

—Nada que me haya llamado la atención. Del museo. No he visto fotos particulares, salvo algunas del barco que tiene en Marbella, el Predator.

—¿Predator? Vaya nombrecito. ¿Has podido hablar con el puerto?

—Sí, el barco está en su amarre. Lleva ahí dos semanas. Y no han visto a Cárdenas desde el puente de mayo.

—¿Desde el puente de mayo? Entonces ¿quién movió el barco hace dos semanas?

—Turistas. Parece que durante estos meses lo ha estado alquilando.

—Hum… ¿Has hablado con la policía local?

—Sí. A estas alturas ya deben tener alguien de camino del piso que tiene allí.

—Bien. ¿Susana y Fermín te han dicho algo?

—Han hablado con la exmujer de Cárdenas: ha confirmado lo dicho por el director. Y su hija lo mismo. La ex ha quedado en llamar cuando hable con los familiares y amigos. El resto está en marcha.

—Perfecto. Esperemos que el jefe consiga la orden de registro pronto. Y a ver qué cuentan los franchutes.

—Y por aquí, ¿cómo ha ido la cosa?

—He hablado con Salazar, de la UDYCO. Parece que el club ese, el gL´amour, es un garito de mucho cuidado. Prostitución, juego ilegal y, sobre todo, tráfico de estupefacientes. El dueño es un tal Alfonso Chozas, alias Santiño. Un pájaro de cuidado. Ha estado entre rejas varias veces. Siempre por asuntos menores. No han conseguido encerrarlo por nada serio. Y eso que es sospechoso de haber ordenado unos cuantos asesinatos. Pero nunca ha habido pruebas para encausarlo. Se protege muy bien. Un tipo muy peligroso.

—Me suena. ¿Y ha estado metido en algún robo?

—No. Nada de nada. No me cuadra con el asunto este del alca.

—No, pero con tanta pasta por medio…

—Una minucia comparada con lo que debe mover ese tipo.

—¡Buah! Esta gente no le hace ascos a nada. Todo suma, jefa. Quizás el alca no fuese para Santiño, que fuese para otro.

—¿Y que Santiño dejase que hiciesen la entrega en su garito? Lo dudo mucho. Toda esta historia no termina de encajar. Hay algo raro. No sé qué es, pero… Para colmo, Salazar me ha pedido que no armemos mucho revuelo. Tienen a Santiño en el ojo de mira, y cree que podrían tener algo pronto para enchironarlo. Así que no quiere que agitemos mucho el avispero.

—Okey. Y las entrevistas, ¿cómo han ido?

—Poco que rascar. Más o menos el mismo relato. Cárdenas no era muy apreciado por nadie y menos por sus subordinados. Un hijoputa con manchas. Pero todos coinciden en que nadie tenía motivos suficientes, al menos que supieran, para hacerle daño.

—¿Han dicho algo del alca?

—No. No se lo he mencionado, claro está. Pero ninguno lo ha sacado a colación. No sé si no saben nada del tema, si se lo callan, o si todo el asunto no es más que fruto de la imaginación calenturienta de esos dos, José Luis y Carmen. O, vete tú a saber si no es algo más, si se lo han inventado todo y no es más que una cortina de humo, y tienen algo que ver con la desaparición de Cárdenas. La verdad, ya no sé qué pensar.

—¿Falta alguno por pasar?

—Aún faltan cuatro. Entre ellos, esos dos. Carmen y José Luis. Menchu y Lomas, les dicen.

Llamaron a la puerta.

—Esa debe ser Carmen. Veamos qué tiene que contarnos.

 

Se sentaron en torno a la mesa de reuniones. Menchu se encontraba nerviosa. La presencia de la policía le resultaba incómoda.

—¿Han averiguado algo sobre mi jefe?

—Me temo que no es algo que estemos autorizados a compartir. Compréndalo.

—Claro.

—Pero vamos haciendo progresos. Verá, Carmen, el director nos ha explicado todo el asunto del alca, incluidas las pesquisas llevadas a cabo por usted y el señor Lomas desde que sospecharon que su jefe podía estar involucrado en el robo de ese animal. Pero nos gustaría oír toda la historia directamente por su boca. Es posible que haya algún detalle que al director se le haya pasado por alto y que pueda resultar crucial para poder localizar al señor Cárdenas. ¿Le importaría contárnoslo? Desde el principio, desde… sí, el lunes pasado, cuando su jefe les informó de que el conservador enviado por París para supervisar la devolución del alca había sufrido un percance.

—De acuerdo.

—Cuéntenos todo en detalle, sin omitir nada. No hay prisa.

Durante los siguientes cuarenta minutos, Menchu pasó a relatarles todo lo sucedido, siendo interrumpida de vez en cuando por las preguntas de los dos policías.

—¿Qué opinan ustedes? —les preguntó al acabar—. ¿Que se ha largado con el dinero o que le pudo pasar algo dentro del club?

—Eso es lo que tenemos que averiguar. Cualquiera de las dos opciones es posible. Aunque hay algo en todo esto que resulta extraño: ¿cómo es que el señor Delgado sigue aquí? Ha venido a trabajar.

—No sé. Supongo que no sabía que mi jefe tenía pensado marcharse.

—Así que eso es lo que piensa usted. Que cobró lo que fuese por el alca y se largó sin más.

—Sí.

—Y dígame, Carmen, ¿cómo es que no le contaron todo esto a nadie hasta esta mañana?

—Bueno, porque pensábamos que solo con las fotos, no nos creerían.

—¿Quién no les creería? ¿El director? —preguntó Fábregas.

—Sí.

—¡Pero tenían también su testimonio! Ustedes siguieron a los señores Cárdenas y Delgado hasta el club, vieron como metían las cajas dentro… Y su compañero, José Luis, entró y pudo ver que su jefe se reunía con alguien en el interior después de hacer la entrega. Y el director confía en ustedes, ¿no es así? ¿Por qué no habría de creerles?

—No es que pensásemos que no nos iba a creer, pero se trata de una acusación muy grave, y nos parecía muy arriesgado culparlo de algo así solo con las fotos del alca. Solo teníamos eso como prueba. Ninguna foto más, y como le dije antes, el bolígrafo espía que llevaba Sito se había estropeado.

—¿Y no le parece eso mucha coincidencia?

—¿Qué quiere decir?

—No, nada. Discúlpeme.

—Dígame —intervino la inspectora Muguruza—, ¿qué puede decirnos de su jefe?

—¿En qué sentido?

—¿Sabe algo de su vida privada?

—Bueno, aparte de que le gusta ir de putas, poco más: que está divorciado, que tiene una hija adolescente con la que se lleva de pena… ¡Ah, sí! Y que tiene un barco. En Marbella. Se pasa el día vigilando que sigue en su amarre. Por la cámara web del puerto. No sabe las veces que me puede haber contado lo de aquella vez que lo sacaron para alquilarle el amarre a un velero que iba de paso. ¡La que montó!

—Y su trato hacia usted, ¿cómo lo calificaría?

—¿Hacia mí? Pues… algo… machacón.

—¿Machacón? ¿Qué quiere decir con eso?

—Pues que es muy puntilloso. Y muy jefe, no sé si me entiende. Vamos, que le gusta mandar, sentir que es eso, el jefe.

—Ya. Pero no me ha respondido a la pregunta. ¿Cómo la trata? ¿Es respetuoso, o por el contrario…?

—¡Hombre! Es muy de ordeno y mando. De “¡aquí se hace lo que yo digo!”. Vamos que no le gusta que nadie le diga lo que hay que hacer. Así que, ajo y agua… ya sabe.

—Ya, pero insisto, ¿y en las formas? ¿Se ha sentido vejada en alguna ocasión?

—¿Vejada? Bueno, molesta sí, me he sentido molesta alguna vez.

—Pero —intervino Fábregas— tenemos entendido que la semana pasada, a raíz de la sesión de fotos que hizo su compañero José Luis, le montó a usted una bronca monumental. Y que todo el mundo pudo oírla. ¿No se sintió usted ofendida al ver que le llamaba la atención de manera desproporcionada y delante de todo el mundo? ¿A voz en grito?

Menchu bajó la cabeza.

—Carmen, nos han dicho que salió usted del despacho llorando, y que no la volvieron a ver en el resto de la mañana.

—Bueno, sí, es cierto. Aquello me sentó horrorosamente mal. ¿Y a quién no? No sé a dónde quieren llegar.

—A ningún sitio —dijo la inspectora—. Solo intentamos hacernos una idea del carácter del señor Cárdenas.

—Pues cualquiera diría que es a mí a quien están acusando de algo.

—¡No, por favor! ¡En absoluto! Sentimos el malentendido. No era ese nuestro propósito. Estas mismas preguntas se las hemos realizado a todos sus compañeros. No tenemos nada contra usted. Verá… Por lo que sabemos su jefe es una persona de trato complicado, por decirlo suavemente. Y con bastante mal genio. Si lo del alca es como dicen que fue, y no tenemos motivo alguno para sospechar que no fuera así, su jefe se puso en peligro al entrar en contacto con los individuos que regentan ese club. Es gente muy, pero que muy peligrosa. Y el hecho de que su jefe tenga mal carácter y un pronto subido podría haberle llevado a discutir con esos tipos, vaya usted a saber por qué. Y esos individuos no se andan con chiquitas.

—¿Piensan que podría estar muerto?

—Es solo una hipótesis. Una más. Aunque lo más probable es que, simplemente, se haya largado con el dinero, como usted decía. Bueno… Creo que eso es todo por hoy. Aunque más adelante, dependiendo de cómo se desarrollen las cosas, quizás necesitemos llamarla para realizar alguna aclaración.

—Por supuesto.

 

Menchu se levantó y salió del despacho. Sentado al otro lado del pasillo estaba Sito, con el portátil en el regazo. Se le veía sudoroso. Con el cuello encogido, como una tortuga intentando esconder la cabeza en el interior de la camisa. No le dio tiempo a pararse a hablar con él.

—¿José Luis Lomas? —la voz de Fábregas sonó a sus espaldas.

Sito asintió con la cabeza, se puso en pie y entró en el despacho.

Menchu iba hecha un basilisco. ¿A qué había venido todo aquello? En lugar de estar en el club, registrándolo de arriba abajo, estaban allí, perdiendo el tiempo, preguntando bobadas. ¿Es que pensaban que se lo habían inventado todo? ¡Vaya pareja de memos!

 

 

___________________________________________

 

 

XXXIV

 

 

Las gotas de sudor que perlaban la calva de Sito no se debían a que tuviese miedo de la policía. En absoluto. Estaba eufórico, entusiasmado por poder participar en la resolución de un crimen. Se veía ya convertido en un miembro del equipo de investigación. Un asesor externo. Alguien que acabaría resolviendo la desaparición de Cárdenas ante la mirada atónita de los inspectores de policía, quienes se preguntarían cuál había sido el mecanismo deductivo que había llevado a la aguda mente de José Luis Lomas a encajar todas las piezas del complejo rompecabezas al que se enfrentaban.

—¡Señor Lomas! ¡Señor Lomas! ¿Me oye?

—¿Eh? ¡Ah, sí, sí, claro!

—Le decía —dijo la inspectora Muguruza mirando la pantalla del portátil de Sito— que tampoco me parece que las diferencias que nos ha mostrado sean muy significativas.

—Bueno, eso es porque usted no es fotógrafa.

—Ya. Pero es que tampoco me parece que las fotos que hizo en noviembre estuviesen tan mal. No sé a ti, Roberto —dijo dirigiéndose a su compañero.

—A mí me parecen buenas.

—Es que ya les digo, que de estas cosas hay que saber. Que yo soy un artista, no sé si me entienden. No me conformo con cualquier cosa.

—Claro. —La inspectora vio que Fábregas levantaba la vista al techo, enarcando las cejas—. Y esas diferencias, ¿no podrían deberse a la iluminación, a la sombra o el reflejo de algún objeto en la sala donde se tomó la imagen?

—Que no, que no.

—Bueno, pues nada.… Volviendo al martes de la semana pasada, ¿qué le pareció que su jefe le gritara en público y le quitara la tarjeta de memoria?

—Pues qué me va a parecer… Me sentó mal, claro. Aunque luego, bien que me reí a sus espaldas, porque yo tenía la otra tarjeta, en la que se graban las imágenes RAW. Pero claro, es lo que le pasa a los que no saben de fotografía. Que no tienen ni idea. Que la gente se cree que sacar una foto, sobre todo ahora con los móviles, no tiene ningún arte.

—Ya. Así que el enfado se le pasó rápido… Y cuando su jefe le echó la bronca a su compañera, ¿qué hizo usted?

—Fui a consolarla.

—Claro. Porque usted es muy buen amigo de Menchu.

—Sí.

—¿Cómo de buen amigo?

—Pues… muy bueno. Nos conocemos desde pequeños.

—Y ¿son solo eso? ¿Amigos? ¿No hay nada más?

—Pues… no.

—¡Ah! Es que pensábamos que usted y Menchu… ya sabe…

—Que no, que no. ¡Qué va!

—Pues ahí quien dice por ahí que ustedes dos…

—Que no, que no, que nooo…

—Vale vale. Es solo un buen amigo

—Pues sí. Muy bueno, su mejor amigo, de hecho.

—Un amigo que haría cualquier cosa por ella.

—Lo que fuera, claro, para eso están los amigos.

—Así que, después de la bronca que su jefe le echó a su amiga, una bronca que la hizo salir llorando del despacho, usted se fue a consolarla. Y ese mismo día se puso usted a mirar las fotos, quizás con la intención de ver si veía algo en ellas que justificara que su jefe se hubiese cogido aquel cabreo. Un cabreo a todas luces injustificado.

—Sí.

—Y fue entonces cuando encontró las diferencias.

—Sí, bueno, no. Quiero decir, que no me puse a mirar las fotos para ver si había algo raro.

—¿Entonces?

—No tiene nada que ver. Una cosa con la otra, me refiero. Yo estaba simplemente escogiendo las mejores fotos, comparándolas. Y fue entonces cuando me di cuenta de las diferencias.

—Y eso le llevó a pensar que no era el mismo animal y que alguien, probablemente su jefe, había pegado el cambiazo. Lo que justificaba su cabreo al verle sacar las fotos al alca.

—No. No fue así. Fue Menchu la que se dio cuenta de que no era el mismo animal. Yo pensé que se le había caído al suelo, y que al hacerlo se habían producido esos pequeños desperfectos. Bueno, es lo que me parecieron. Desperfectos.

—Y pensó que había sido Cárdenas a quien se le había caído el alca.

—Claro.

—Y quería dejarle en evidencia.

—Sí.

—Pero entonces, ¿por qué en lugar de ir a enseñarle las fotos al director, o a su amiga, que es la experta, decidió seguir a su jefe?

Sito les contó la conversación que Conchi, la guardia de seguridad, había oído entre Delgado y Cárdenas.

—Así que pensó que había algo más en aquel asunto, y decidió seguirle para ver con quién había quedado su jefe. Y si lo de partirle las piernas iba o no con usted.

—¡Ya le digo! Después de lo que le hicieron a Brisson…

—¿Y no pensó que podía ser arriesgado?

—Hombre, algo, algo, sí. Pero sé cómo funcionan estas cosas…

—¿Qué cosas?

—Los seguimientos. Verá, es que a mí me encantan las novelas policiacas.

—Ah, pues vaya.

—Siempre había tenido ganas de verme metido en algo así, en un asunto turbio que poder investigar. En la vida real.

—Claro. Como en las novelas. —dijo Fábregas en tono irónico.

—Así que —continuó la inspectora— decide seguirle hasta el club, se disfraza y, casualmente, escucha una conversación en la que su jefe queda con un mafioso para hacerle una entrega, de no sabe bien qué, el sábado por la noche.

—Eso es.

—¿No le parece muy de película?

—Hombre, así dicho, sí. Pero qué les voy a contar yo a ustedes, que habrán visto de todo. Dicen que la realidad supera a la ficción, ¿no? Y eso que los escritores de novela negra nos documentamos mucho.

—¡Ah! Que usted escribe…

—Bueno, estoy empezando.

—Ya. Entonces, era en parte consciente de que se podía estar metiendo en un lugar peligroso.

—¿Lo dice por el club? ¡Hombre! Peligroso, peligroso…

—Pues viendo como le han dejado la cara, y que anda como un tullido… —dijo Fábregas.

—Bueno, sí. Pero entonces pensaba que no… bueno un poco sí que lo pensaba, la verdad, pero es que yo por Menchu…

—… mato. Como la Esteban, ¿no?

—Sí, ja, ja, ja.

—Vale —prosiguió la inspectora—. Saltemos al sábado por la noche, cuando vuelve usted al club. Hay algo que no acabo de entender. ¿Cómo es que no tiene usted imágenes del interior? Llevaba un bolígrafo espía. Pero mira tú por dónde, va y se le estropea.

—Es que se me mojó.

—¿Qué pasa? ¿Que se le cayó al retrete o qué?

—No, una señora, que me tiró un cubo de agua.

—Un cubo de agua… —dijo Fábregas con una sonrisa— Esto mejora.

—Sí, mientras vigilaba a que saliese Cárdenas de su casa.

—¿Y por qué le tiró un cubo de agua esa señora?

—Pues… no tengo ni idea.

—Se lo tiró así, sin más.

—Pues… sí. Era una señora mayor. Desde la ventana del segundo piso.

—Pero algo estaría haciendo usted para que le tirara el agua.

—¿Yo? Nada, ya se lo he dicho. ¿Qué cree que estaba haciendo?

—No sé… Así que se la tiró así, de repente, sin más.

—Sí

—Y se le mojó el boli.

—Eso es.

—Y dejó de funcionar.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe? Ha dicho que dejó de funcionar porque se mojó.

—Bueno, es lo que me imagino.

—Pero vamos a ver… después de que le tirara el cubo de agua y viera que se le había mojado el bolígrafo, ¿comprobó o no comprobó si funcionaba?

—No.

—¿Y eso?

—Pues… no sé. No me di cuenta.

—¿Y cuando se dio cuenta?

—Al día siguiente, en casa, cuando fui a pasar las imágenes al portátil para verlas.

—¡Genial! Como espía no tiene precio —intervino Fábregas.

—¡Oiga oiga, un respeto! ¡Que esto le puede pasar a cualquiera!

—No le haga caso, José Luis. Roberto lo dice de broma. El caso… es que es una lástima. Nos hubiera venido bien tener esas imágenes. Y las de la caja en el interior de la furgoneta, dicho sea de paso.

—Sí, pero ahí tampoco tuve yo la culpa ¿eh?

—Sí sí, si ya nos ha contado su amiga lo del perro…—dijo Fábregas sin poder contener la risa.

Sito se puso colorado, como un pimiento morrón. “¡Menos mal que no sabe lo de la cagarruta!”.

—Bueno, José Luis, volviendo al tema del club. Cuando vio a su jefe cruzar las cortinas para entrar en el área privada, usted se dirigió allí y se coló en el interior. ¿Correcto?

—Correcto.

—Y ¿qué vio exactamente?

—Un pasillo. Y a Cárdenas y a Micky, el matón, metiéndose por una puerta.

—Así que se dirigió hacia ella con la intención de fisgar en el interior y ver si estaba allí el alca.

—Exactamente. Pero no me dio tiempo.

—Porque apareció un tipo, uno de los matones del club, y le dio el alto.

—Sí, Chacho se puso en medio. Empezó a gritarme que qué hacía allí, que adónde creía que iba… Y así, sin más, me lanzó contra la pared y empezó a golpearme.

—¿Chacho? —preguntó Fábregas— Para haber entrado en ese club un par de veces parece que se conoce el nombre de todo el mundo.

—No, qué va, es que como es mi vecino…

—¿Su vecino?

—Sí.

—¿Sabía que trabajaba allí?

—No, ni idea. Me llevé una sorpresa que ni se imagina. Claro que la sorpresa fue mayor cuando empezó a cascarme.

—Y a pesar de ser su vecino, le dio una zurra de campeonato. Así, sin mediar palabra como quien dice. ¿Qué pasa? ¿Qué se lleva mal con él?

—No, qué va, si es un tipo encantador. En el barrio, me refiero. Y con todo el vecindario. Pero como iba disfrazado no me reconoció.

—Ah, sí, no me acordaba. El peluquín.

—Un postizo, no es lo mismo. ¡Ni color! Si quiere le doy la dirección de la peluquería en que me lo pusieron.

—¿Me está llamando calvo?

—No, qué va. Como decía mi madre, de frente despejada. Pero míreme a mí. Yo sí que estoy calvo. Que no pasa nada por estarlo, ¿eh? Pues tenía que ver el pelazo que te dejan. Luego le doy la…

—¡Por favor! ¿Podemos centrarnos? —dijo la inspectora—. Estábamos con la paliza que le dio el tal Chacho. Una paliza de órdago. Tanto es así que perdió el conocimiento.

—Exacto.

—¿A qué hora diría usted que sucedió eso?

—No estoy seguro. Sobre la una y media o así. Puede que un poco antes.

—¿No está seguro?

—Pues no. Es que había bebido un poco y el alcohol no me cae bien. Me debió sentar mal, estaba un poco…

—¿Pedo? —dijo Fábregas.

—No, no, qué va. —Sito lo miró muy serio—. Es que me sienta mal, a poco que beba. Tengo intolerancia.

—Una manera fina de decirlo.

—¿Cuántas copas se tomó? —preguntó la inspectora.

—Pues una.

—No estaba borracho entonces…

—No, no, yo nunca me he emborrachado. Bueno, una vez, en las fiestas en el pueblo. A base de zurracapote. Tendría unos catorce años y…

—Vale vale, no hace falta que nos lo cuente. Le creemos. Así que perdió el conocimiento a causa de la paliza a eso de la una y media. Y se despertó sobre las cinco de la mañana. En la calle, encima de un montón de basura, con la cara hinchada, el ojo a la virulé y el cuerpo molido a golpes.

—Exacto.

—Entonces, fue usted hasta el coche, y allí estaba Menchu, dormida.

—Ajá.

—Ella no había visto salir a su jefe del club…

—No.

—Bien. Y ¿qué hicieron entonces?

—Pues… irnos a casa.

—¿A la de usted?

—No, cada uno a la suya. Menchu me llevó en su coche, porque no estaba yo como para llevar la moto. La tuve que dejar allí. La recogí el domingo, por la tarde.

—¿Y no fue a un hospital a que le vieran las heridas?

—No, fuimos a una farmacia. ¡Tampoco tenía nada roto!

—Así que, después de ir a la farmacia, Menchu le llevó hasta su casa, subió a curarle y luego se marchó.

—No no, ella no llegó a subir. Le dije que no hacía falta, que me las apañaba yo solo.

—¡Si es que está usted hecho un machote, José Luis! —dijo Fábregas con un sarcasmo que Sito no llegó a captar—. ¡Quién lo hubiera dicho!

—Bueno, José Luis, eso es todo por el momento. Si le necesitamos le haremos llamar.

 

Al salir, Sito se cruzó con Mateo Filón, que esperaba su turno sentado frente al despacho. Se cruzaron una mirada y un breve saludo. Filón se levantó y se acercó a la puerta del despacho.

—Buenas tardes. Soy Mateo Filón. Creo que me estaban esperando.

—Sí, un minuto. Ahora mismo le llamamos —la inspectora cerró la puerta.

Sito se alejó, pensando para qué narices habrían llamado a aquel mentecato. Era una de las pocas personas con las que no congeniaba en el museo. Y no era para menos. Se suponía que Filón debía apoyarle en su labor cuando lo necesitaba, pero hacía todo lo posible por escurrir el bulto. Sito sospechaba incluso que intentaba boicotearle. Como en cierta ocasión, en que Sito le pidió que buscase unas fotos de archivo para la revista. Tras varios días haciéndose el sueco, acabó diciéndole que no las había podido encontrar, que habían desaparecido. Lo cual no era cierto. Las fotos estaban allí y él las encontró sin problema en pocos minutos. Había oído decir que hablaba a sus espaldas, que no escatimaba ocasión para poner en duda su valía. Un cabronzuelo de mucho cuidado que, estaba seguro, lo único que deseaba era hacerse con su puesto. ¿Qué sería capaz de contarle a la policía? Era capaz de inventarse cualquier cosa con tal de dejarle mal. ¿Y aquel agente? El tal Fábregas… ¿A qué venía tanta sorna? ¿Y todas aquellas preguntas? En lugar de aprovecharse de su disposición para colaborar en la búsqueda de Cárdenas, se habían dedicado a interrogarle sobre por qué había hecho esto o lo otro. Casi parecía como si pensaran que todo aquello del alca era una invención suya. ¿Qué hacían que no estaban buscando a Cárdenas? Desde luego, aquellos policías no eran como los de las novelas. ¡Menuda pareja de ineptos!

 

—¿Tú qué opinas? —le preguntó Fábregas a su jefa.

—La verdad, no sé qué pensar. No sé si este tío se ha inventado todo este tinglado para dejar mal a su jefe o si es un inútil.

—Me decanto por lo segundo.

—Sí, supongo que sí. ¡Porque hay un desaparecido de por medio, que si no…!

—Si no, no nos habrían llamado.

—Lo sé. Pero aún así. A ver si hay suerte, nos encontramos al tal Cárdenas en algún hospital, o en su casa de Marbella. Y nos quitamos este asunto de por medio. Como tenga que lidiar con el Sito este un poco más, me pego un tiro.

—Me lo pido primero.

—Bueno, llama al que tenemos fuera, a ver si vamos terminando. Aún tenemos que acercarnos al puticlub.

 

Mateo Filón no había terminado de sentarse cuando disparó a bocajarro:

—Sé dónde puede estar Cárdenas.

—¿Cómo dice?

—Bueno, no exactamente. Quiero decir que creo saber lo que le ha pasado.

“¡Genial! ¡Otro con lo del alca y las aventuras de Sito y Menchu en el puticlub!”, pensaron a la vez Muguruza y Fábregas.

—Pues díganos…

—Creo que está muerto.

—¡¿Muerto?! ¿Por qué cree que está muerto?

—Por una conversación que escuché la semana pasada.

—Explíquese.

—Verán… el martes pasado, el jefe les echó una bronca monumental…

—Estamos al tanto. Prosiga.

—Bueno, la relación entre el jefe y Menchu es bastante mala, supongo que ya lo sabrán.

Los policías permanecieron callados.

—No es la primera bronca de ese estilo. Lo cierto es que el jefe era un cabrón redomado, eso me imagino que también se lo habrán dicho. Pero a Menchu la tenía atravesada, entre ceja y ceja. No sé por qué. Quizás porque sea mujer, es posible. Porque a las mujeres siempre las trataba con desdén. Cuando nos llamaba a alguna reunión, siempre escogía a alguien en quien centrar sus ataques. Delante de todo el mundo. Y solía ser siempre una mujer. Supongo que lo hacía para tenernos a todos acojonados, y disculpe la expresión. Para que hiciésemos lo posible por no ser los siguientes. Pero volviendo al martes… Aquella mañana, yo había ido a comer a un restaurante italiano que hay al otro lado de la Castellana, el Ripamonti, no sé si lo conocen. Bueno, el local tiene las mesas separadas por unas mamparas que les dan cierta intimidad, sin llegar a ser reservados —a fin de cuentas es un restaurante que a diario vive de los menús—. El caso es que me acababa de sentar cuando empecé a oír unos llantos a mis espaldas. No es que yo sea un cotilla, no me entiendan mal, pero hay mucha gente del museo que va a comer allí de vez en cuando y, claro, al oír que lloraba una mujer a mis espaldas, no pude evitar darme la vuelta y mirar a hurtadillas por encima de la mampara. Y ¿a que no saben a quién vi?

—¿A quién?

—A Sito y a Menchu. Y, claro, después de la bronca de aquella mañana, decidí arrimar la oreja.

—Ya.

—Menchu pareció calmarse un poco y empezó a hablarle a Sito de un coral que había en la exposición temporal, la que acababa de terminar.

—¿La misma en la que había un alca gigante?

—Esa misma.

—Bueno, no sé a cuento de qué venía lo del coral, porque en ese momento llegó un grupo de jóvenes y se sentó en la mesa de al lado, y no paraban de armar jaleo. Y se me mezclaba todo. Las conversaciones, quiero decir. Es que —dijo señalando sus orejas— tengo una pérdida auditiva que me obliga a llevar audífonos. Y cuando habla mucha gente a la vez, o hay mucho ruido ambiente, se me mezclan los sonidos. Así que perdí el hilo de la conversación. Pero aún así, pude captar partes de la conversación entre Menchu y Sito. Y en un momento dado, Sito gritó: “¡Será hijo de puta!”, como si Menchu le hubiese contado algo de lo que él no estuviese al tanto. Tenía que ser algo que la gente en la casita no había llegado a oír…

—¿Estaba usted allí cuando el señor Cárdenas llamó a Menchu a su despacho?

—No. Pero me lo contaron todo. Y Sito estaba allí. Escuchó la bronca, o al menos parte de ella. No todo fueron gritos, según me dijeron. Hubo momentos en que no se oía lo que hablaban. Así que me imagino que Menchu le debió contar algo que le había dicho Cárdenas, algo que Sito no había llegado a oír. De ahí la forma en la que lo dijo, no solo supercabreado, sino sorprendido.

—¿Y qué más oyó?

—Menchu se echó a llorar justo en ese momento, y entre sollozos le dijo: “¡Pero eso no es lo peor!”. Y le dijo algo que no pude llegar a oír, porque dos de los chavales de la mesa de al lado empezaron a dar voces. Fueron unos segundos solo, y cuando volvió un poco la calma, Sito, totalmente encendido, gritó otra vez: “¡Será hijo de puta! ¡Yo es que lo mato!”. Se abrazaron, y ella siguió llorando un buen rato.

—Bueno, eso no quiere decir que le haya matado. Quien más quien menos ha utilizado esa expresión alguna vez en su vida en un momento de cabreo, y no por eso ha terminado matando a nadie.

—Lo sé, lo sé. Si de hecho pensé que se trataba de una bravuconada. Que Sito solo quería impresionarla, hacer que ella se sintiese mejor. Que no les engañe. Que ahí donde lo ven, parece una mosquita muerta, pero es un pájaro de cuidado. Un gañán y un mentiroso que con tal de que no lo cacen en un renuncio es capaz de inventarse cualquier trola. Y claro, como está hasta las cachas por Menchu… Así que, como les decía, pensé que menudo sinvergüenza, que se estaba aprovechando de la situación para sacar partido. Pero al ver que el jefe llevaba dos días sin aparecer, y sobre todo, cuando Vali me llamó esta tarde para decirme que estaba aquí la policía, que el director había denunciado su aparición, que estaban interrogando a todo el mundo, y que me pasase por aquí para hablar con ustedes cuando saliese del médico… Bueno, empecé a darle vueltas a aquella conversación. Y sobre todo a una palabra que le oí mencionar a Sito y a Menchu en dos ocasiones: veneno.

—¿Veneno? ¿Mencionaron esa palabra? ¿Está usted seguro?

—Completamente seguro. La oí alta y clara. Dos veces.

 

Continuará…

 

©Novela por entregas: Fernando Arnáiz, 2020.

 

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