Novela por entregas, El asesino imaginario (Cap. 27, 28, 29 y 30) por Fernando Arnáiz

XXVII

Menchu y Sito estaban desconcertados. Cárdenas no había aparecido en todo el día. Aquello no tenía sentido teniendo en cuenta las molestias que se había tomado Cárdenas con el montaje del robo del coral, y el hecho de que hubiese citado a Menchu aquella mañana para que le diese una respuesta a su perversa propuesta. Sentados en el sofá de la casa de Sito, empezaron a elucubrar sobre lo que podía haberle sucedido.

—Solo se me ocurren dos cosas: o ha tenido un accidente de algún tipo y está en el hospital…

—O está muerto… —la interrumpió Sito.

—O está muerto, aunque eso no se lo deseo ni a él.

—O a lo mejor le ha dado un infarto o algo así.

—O algo salió mal esa noche.

—No, no lo creo, yo le vi tan pichi casi dos horas después de que entrara en el club con el alca. Todo parecía ir bien.

—Pero no sabes lo que sucedió después de que cruzara aquellas cortinas.

—No, eso es verdad.

—Aunque… ¿qué podría haber salido mal?

—Quizás, al final, les llevó la réplica y no el original.

—No, ya te dije que seguro que comprobaban su autenticidad antes de soltar el dinero. Y eso, Cárdenas tenía que saberlo. No es tonto.

—A menos…

—A menos que ¿qué?

—Que el alca de París fuese también falso.

—¿El original, dices?

—Sí, el original. ¿Quién nos asegura que el alca gigante que nos enviaron de París no era también falso?

—¿Y que nos lo enviasen a propósito, a sabiendas? ¿Y se guardaran el original, por si acaso? Hombre, Sito, de los franceses me puedo esperar cualquier cosa, pero eso me parece demasiado retorcido.

—No. No tiene porqué ser retorcido. Supón por un momento que no lo supiesen, que pensasen que su alca era de verdad, no una réplica. Que cuando la consiguieron, ¿cuándo fue eso?…

—No recuerdo la fecha exacta pero como tarde en 1844, antes de que se extinguieran.

—Es lógico pensar que en su día tuvieron que pagar un buen dinero por él, si quedaban ya pocos. Así que no sería tan raro que en aquella época algún avispado, un taxidermista experimentado, consiguiese hacer una réplica lo suficientemente buena como para que no se detectase el engaño. Después de todo, no había muchos ejemplares con los que comparar para comprobar su autenticidad.

—Y no existían los métodos de análisis de los que disponemos ahora para descubrir si se trataba o no de una falsificación. De ser cierto, querría decir que cuando Cárdenas llevó el alca al club y ordenaron hacer los análisis, habrían descubierto que se trataba de una falsificación. Y pensarían, con toda lógica, que Cárdenas se la había intentado jugar.

—Pues si es así, se lo han cargado. Estará hecho pedacitos en algún vertedero o con unos pies de cemento en el fondo de un pantano.

—¡Madre mía! Prefiero no pensarlo. De todas formas, no sé, no digo que no sea posible, pero… quizás fantaseemos un poco. Lo más probable es que le haya pasado algo y que aparezca mañana. O puede que sea algo más grave, que le diese un infarto o un ictus y esté ingresado en algún hospital, inconsciente o incluso en coma.

—Pues no sé, pero a mí lo de los dos alcas falsos me parece una explicación de película.

—Tú lo has dicho. De película. O de una de tus novelas.

—¡Pero mira que le tienes manía a mis novelas!

—¡Si no les tengo manía! Es solo que todo lo ves a través de las historias que se cuenta en ellas. Y la realidad, bueno, nuestra realidad, la de aquí y ahora, pues qué quieres que te diga, que es muy diferente.

—Eso es porque no sigues los casos de sucesos, que si no… Y no me dirás que lo del puticlub no es de novela negra: el capo, los matones, la paliza a Brisson. Las novelas reflejan lo que hay ahí, en la calle. Lo que pasa es que nosotros estamos metidos en nuestra burbuja de confort, nuestro barrio tranquilo, un trabajo seguro… Y no vemos esa otra realidad. Por muy de novela que parezca. Por cierto, eso me recuerda algo: he cambiado lo que me dijiste, en mi novela.

—¿De verdad? Bueno, tampoco tenías porqué hacerlo. Solo eran unas… sugerencias. Aunque puede que fuera un poco demasiado… criticona.

—No no, qué va, para nada. Tenías razón. Fuiste de gran ayuda. Los escritores difícilmente podemos ser objetivos. ¿Quieres ver cómo ha quedado?

—¡Claro! Aunque —Menchu miró la hora— ando un poco justa de tiempo.

—¡Vaya! ¿Has quedado? —Sito no pudo evitar que la decepción se reflejara en su rostro. Había pensado proponerle que saliesen a tomar unas cañas.

—Sí, a las ocho y media.

—Con… ¿algún amigo?

—Con las chicas. Es el cumpleaños de Toñi.

—¡Ah! Pensaba que quizás estabas saliendo con alguien, ya sabes.

—No, no.

—Bueno, pues felicítala de mi parte.

¿Era alivio lo que veía en la cara de Sito? “¡A ver si, después de todo, va a tener razón Toñi! Pero no, es imposible. Si fuese algo más que una amiga para él, en algún momento en todos estos años se me habría insinuado. O, directamente, habría intentado algo, aunque sea un poco parado. No, siempre se ha comportado como un amigo. Como un estupendo amigo, de hecho”.

—¿Por qué no me cuentas lo que has cambiado? A eso sí me da tiempo.

Sito, encantado de tener la oportunidad de explayarse sobre su novela, procedió a explicarle los cambios realizados para, al finalizar, pedirle su opinión sobre los mismos.

—Pues qué me van a parecer: ¡Fenomenales! Lo del garrote y lo de quemar el coche me ha dado auténtico repelús. Creo —dijo riéndose— que hasta se me erizaban los pelos del cogote mientras lo ibas contando. A ver si otro día, con un poco más de tiempo, puedo leerlos. Además, para entonces ya tendrás algo más escrito. Estoy deseando saber lo que va a pasar.

—¡Aaah…! Bueno, tendrás que esperar. ¡Sorpresa sorpresa!

En cuanto Menchu salió por la puerta, Sito se sentó delante del ordenador. Ahora que Prado se había cargado a Bermejo, ¿cómo narices continuaba la novela? No había pensado en ello. Por supuesto, no podían capturar a Prado. A Ripley jamás lo habían hecho. Pasó un buen rato sopesando las diferentes opciones que le venían a la cabeza. Pero la desaparición de Cárdenas, los acontecimientos de la noche del sábado, y el dolor que aún le castigaba las costillas y especialmente la ceja y el ojo, que había empezado a palpitarle, no le permitían concentrarse. Después de un buen rato, decidió empezar a escribir y dejar que sus dedos condujesen la historia por donde buenamente quisiesen.

 

Capítulo 5. La investigación.

 

Tras dos días sin aparecer en el zoo ni responder al teléfono, Cristina Garzuela, su directora, se puso en contacto con la exmujer de Bermejo, y esta, a su vez, con los hermanos del desaparecido. Ninguno de ellos tenía idea de dónde podía encontrarse. Por lo que pudo deducir de sus comentarios, Bermejo prácticamente no se hablaba con ellos. Tampoco ella parecía muy preocupada.

—Estará con alguna fulana. No se preocupe. Aparecerá.

La directora, sin embargo, decidió contactar con la policía para denunciar su desaparición. Tras contactar de nuevo con los familiares de Bermejo y con todos los hospitales de la Comunidad de Madrid sin resultado alguno, la policía accedió a su vivienda para comprobar si había sufrido algún percance en su interior. Al ver que no se encontraba en la misma, que no había signos de violencia y que el automóvil de Bermejo no se encontraba en el garaje, se dirigieron al zoo. Tras hablar con la directora y con todas las personas que tenían algún tipo de relación profesional con él, y no conseguir información alguna que clarificara las posibles causas de su desaparición, procedieron a la difusión de la alerta a nivel nacional, si bien estimaron que no había indicios que presumieran se tratara de una desaparición forzosa.

La noticia apareció al día siguiente en los periódicos. Una nota breve en la que se daba cuenta del suceso, con una fotografía de carné de Bermejo proporcionada por el zoo. Prado estuvo pendiente de los medios durante los siguientes días. Pasó una semana antes de que unos senderistas encontrasen el coche y el cadáver calcinado de Bermejo en la Sierra de Guadarrama.

La policía no tenía pista alguna. Pasaron los días, las semanas y los meses. Las noticias sobre el atroz crimen se fueron espaciando, hasta que quedó relegada al olvido. Prado sabía que jamás sospecharían de él. No tenía vínculos directos con Bermejo ni motivación aparente para acabar con su vida.

Mamen fue promocionada y ocupó el puesto de su antiguo jefe. Jamás sospechó que había sido él quién se había encargado de liquidar a Bermejo.

Pasado poco más de un año desde la muerte de este, Prado decidió que era momento de cambiar de aires. Se despidió de todos, alegando que había encontrado trabajo en una revista de moda francesa, y partió con rumbo desconocido.

 

FIN

 

Sito se quedó mirando aquella palabra, FIN, durante un buen rato. ¿Fin? Trece páginas. Trece. “¡Menudo churro!”, se dijo. Aquello ni era una novela ni nada que se le pareciese. Un relato. Eso era. Un simple relato y nada más. No. Prado se merecía algo más. Las novelas de Ripley tenían muchas más páginas. Tenía que complicar la trama de alguna manera. Necesitaba incorporar algún personaje adicional. Quizás no fuese mala idea darle algo de peso a algún inspector de policía de una inteligencia fuera de lo común… No, no, los policías no debían ser los protagonistas, solo Ripley y algún otro civil… eso era, alguien que descubriese algo sobre Prado, que sospechase de él por algún motivo y que decidiese investigar por su cuenta el asunto con la intención de sobornarle, por ejemplo. No parecía una mala idea. Aquello le permitiría muchas idas y venidas, mucha acción… Y suspense, cuando aquel individuo estuviese a punto de descubrir a Prado. Pero no lo haría en primera instancia, tendría que entretejer una trama medianamente enrevesada para poder prolongar la novela. Una trama que pusiese frente a frente las capacidades intelectuales de los dos personajes. ¿Y si fuese una mujer? Si lo era, debía evitar un posible romance. Ripley, bueno, Prado, no era un romántico después de todo. Debería también hablar un poco más de quién era Prado, de su pasado, del de Mamen y, por supuesto del de ese otro personaje, ya que iba a poner en solfa al protagonista. Tenía mucho trabajo por delante si quería rendir a Ripley el homenaje que se merecía.

 

 

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XXVIII

 

Ramón Salinas, director del Museo Nacional de Ciencias Naturales, no podía disimular su preocupación. En todos los años desde que le conocía, Cárdenas jamás había faltado a su trabajo sin avisar. Su móvil llevaba dos días apagado y no respondía al fijo. Repantingado en su pequeño y envejecido despacho, se atusaba la poblada y entrecana barba como quien ordeña una vaca, para poco después hacer lo propio con su cuidado mostacho. A quienes lo conocían por primera vez, su aspecto les traía a la memoria algún desgastado retrato de un caballero decimonónico. Y no faltaban entre sus amigos quienes le tomaban cariñosamente el pelo, diciéndole que les recordaba a Julio Verne, y que dónde había dejado aparcada la máquina del tiempo. Lo que a él, más que molestarle, le halagaba. Era una especie de rara avis de hipster, dados sus 62 años. Contemplaba ensimismado el óleo de más de tres metros colgado frente a su escritorio, el Quadro de la Historia natural, Civil y Geográfico del Reyno del Perú, pintado por Louis Thiebaut a finales del siglo XVIII. Le gustaba recrearse en los detalles de aquella obra, en sus casi doscientas escenas sobre la geografía, la etnografía, las costumbres, la producción natural, la organización administrativa y la rica historia natural del país de los incas. Era habitual en él situarse de pie frente a ella, intentando encontrar algún pormenor que le hubiese pasado desapercibido hasta entonces. Pero aquella mañana de un martes del mes de junio, Ramón Salinas tenía la mirada puesta más allá del cuadro. La multitud de pequeños elementos que lo componían y su ligera miopía hacían que el conjunto se transformase en una especie de obra abstracta que le permitía perderse en sus pensamientos. En que quizás era hora de poner el asunto de Cárdenas en manos de la policía. Aunque antes quería asegurarse. No quería pasar por un atolondrado que se asustaba a la mínima por la falta de noticias sobre el paradero de uno de sus subordinados. Había conseguido el teléfono de Silvia, la exmujer de Cárdenas, a través de su propia esposa, que la conocía de los años previos a su divorcio. No sabía nada de él desde hacía al menos tres semanas. Y la hija de ambos había hablado con su padre por última vez hacía ya diez días. Cárdenas no contaba con más familia cercana que una hermana que vivía en Laussane y con quien, según le dejó caer su exmujer, apenas se hablaba, y una tía materna que vivía en un pequeño pueblo de Ourense. En cuanto al personal del museo, le parecía improbable que ninguno de ellos pudiese tener algún tipo de relación extraprofesional con Eduard —a fin de cuentas era un prepotente que trataba a sus subordinados como un tirano de poca monta y a sus pares con un palmario desdén—, pero tenía que asegurarse de que ninguno de ellos tenía alguna pista sobre su paradero antes de avisar a la policía. Y, se dijo, no estaría de más enviar a alguien a su domicilio, por si acaso.

Se levantó y salió de su despacho. Valpurgis, su secretaria —nunca se acostumbraría a aquel nombre— no estaba en su mesa. Después de ocho años, seguía dándole auténtico repelús contemplar la piel arrugada, la nariz ganchuda y los ojos cavernosos de una mujer que, pese a su aspecto y su inquietante nombre, tenía un carácter afable y un corazón más bondadoso que la santa monja benedictina en cuyo recuerdo había sido bautizada. Ramón salió al pasillo. Vali, así le gustaba que la llamaran, estaba charlando recatadamente con Lolita, una joven veinteañera con la mitad de la cabeza rapada y el cuerpo surcado de tatuajes y piercings. La imagen de esta al lado de Valpurgis, a quien, al menos de espaldas, cualquiera hubiese tomado por una monja, resultaba digna de una fiesta de disfraces. El director se acercó a ellas.

—Vali, necesito que me consiga la dirección del señor Cárdenas. Me gustaría enviar allí a alguien.

Sito, que se encontraba en esos momentos saliendo del despacho de al lado —donde, como cada mes, había acudido a que le aclararan el rompecabezas que constituía su nómina—, se acercó al instante al oír la solicitud del director.

—Ramón, si quieres puedo encargarme yo.

—¡José Luis! Bueno, si no te importa. ¿Seguro?

Sito asintió con la cabeza.

—Para eso estamos.

—Bien. Sígueme, vayamos a mi despacho.

Una vez allí, Salinas le explicó los motivos de su desasosiego y lo que esperaba de la visita a la casa de Cárdenas.

—Sin problema, Ramón. Salgo ahora mismo —dijo poniéndose en pie—. De aquí a su casa se tardan diez minutos, así que en cosa de media hora como mucho, te llamo y te pongo al tanto de mis pesquisas. Puedes contar con mi total discreción.

—Ah, pero entonces, ¿sabes dónde vive?

Sito se quedó inmóvil, con cara de borrego acorralado. Le empezaron a temblar los labios.

—¿Eeeh? —fue lo único que acertó a decir.

—Que digo que sabes dónde vive. Si dices que se tardan diez minutos…

—Pues… sí. Sí. Es que… Eduard y yo —Sito bajó la voz y, cuchicheando, se acercó al director— somos amigos. De ir a jugar a los bolos. Esto que quede entre nosotros porque… si lo supiesen por ahí… Que ya se sabe cómo es la gente. Los celos, que si este está enchufado porque son amiguetes…

—Pues me dejas de piedra, José Luis. Jamás lo hubiese imaginado. Y más después de la bronca de la semana pasada, con lo de las fotos del alca.

—¿Bronca? ¡Qué va!

—Pues no es lo que me han contado. Una bronca de órdago, me dijeron.

—¡Que no, que no, que nooo…! No sé quién te lo habrá contado, pero qué va. Una llamada de atención sin importancia. Lo que pasa es que la gente exagera estas cosas, pero no, no, nooo… ¿Una bronca? En absoluto.

Salinas no entendía nada. Aquel asunto, el de la reprimenda que Cárdenas le había echado a Sito —y el de la que le había echado posteriormente a Menchu— había llegado a sus oídos la misma mañana en que había tenido lugar. Había hecho llamar a Menchu de inmediato a su despacho para que le contara lo sucedido, y esta se lo había corroborado. No sabía qué pensar. Aquella supuesta amistad entre Cárdenas y Sito le resultaba de lo más extraño. Por no decir sospechosa.

—Bueno, si tú lo dices… Mejor así. Ven a verme en cuanto sepas algo.

Nada más salir Sito del despacho, Ramón fue a hablar con Valpurgis.

—Ve llamando a los vicedirectores. Y a los coordinadores de exposiciones. Que vengan a verme. De uno en uno.

 

 

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XXIX

Treinta y siete grados a la sombra. Desde el asiento trasero de un viejo Skoda, Sito miraba la calle evaporarse a fuego lento a través del parabrisas delantero. El aire recalentado convertía el paisaje urbano en un extraño espejismo. Sudaba. Como un hipopótamo. Nada más subirse a bordo le había preguntado al taxista si podía poner el aire acondicionado.

—Lo siento, está estropeado. Por eso llevo las ventanillas bajadas.

—Pues me voy a cocer como un piojo. ¡Menudo calor!

—¡A mí me lo va a contar, que me paso el día aquí metido! Tiene ahí una botella de agua. Cortesía de la casa. ¡No hay que escatimar en gastos!

“Sí, ya se ve”, pensó Sito mirando la desgastada tapicería, el rajado reposacabezas que tenía delante y el inoperante aparato de aire acondicionado. “Lo mismo funciona y no lo pone para ahorrar. O le gusta vivir metido en una sauna”. Abrió la botella de agua y se la llevó a la boca. La dejó de inmediato. Estaba como el caldo. Sacó la cabeza por la ventanilla con la esperanza de que el aire le ayudara a refrescarse un poco. Fue como si le hubiesen enchufado un secador de pelo industrial en la cara. Volvió a meter la cabeza dentro. Separó la espalda del asiento. La camisa se le quedó pegada. “Cuando llegue lo menos he bajado cinco kilos”.

—Al menos usted en un rato se puede refugiar a la fresca —le dijo el taxista—. ¿Le importa si le pregunto a qué se dedica? Es un hobby. Adivinar la profesión de mis clientes.

—¡Ah! Y ¿a qué diría usted que me dedico?

—Pues… no sé, no le acabo de ubicar —el taxista, de una edad similar a la suya pero con mucho más pelo, le miraba a través del retrovisor.

—Soy fotógrafo.

—¡Anda! ¡Pues ni me lo imaginaba! Claro que como no lleva la cámara encima…

—Como el chiste del bombero.

—¿Cómo?

—No, nada.

—Así que fotógrafo. ¿Y qué fotografía? ¿Bodas?

—No, qué va. Yo…

—¡Ya está! Es de esos de las revistas del corazón.

—No, yo…

—¡No me lo diga! —Se volvió hacia él con cara de incredulidad—. ¡Oiga! ¡No me diga que es fotógrafo de fútbol!

—No, yo…

—Porque esos sí que tienen suerte. Todo el tiempo de partido en partido, ahí en primera fila, en todo el campo. ¡Joder!

El coche se detuvo en un semáforo.

—Soy fotógrafo artístico. —Sito puso cara de interesante.

—¿Artístico? ¡La leche! ¡Un artista! O sea, que es usted famoso. Expone en museos y galería de arte y esas cosas.

—Bueno, en museos, museos, de momento no. Todo llegará. Pero en galerías de arte sí. Un montón. Y por todo el mundo, ¿eh?

El taxista levantó las cejas y se quedó callado un momento. Después, como impulsado por un resorte, se volvió hacia él y le dijo:

—¡Oiga! Si quiere, yo me ofrezco de modelo. No me importa salir en pelotas.

El semáforo se había puesto en verde hacía dos segundos. Los pacientes conductores parados detrás del taxi empezaron a protestar con una serie de largos bocinazos. El taxista se volvió al frente y, sacando medio cuerpo por la ventanilla, gritó, mirando hacia los coches que tenía detrás:

—¡A tomar por culo! ¡Gilipollas! —Se acomodó en su asiento y arrancó—. ¡Tanta prisa, tanta prisa! ¡Que parece que vayan a apagar un incendio! ¡No te jode! —Miró a Sito por el retrovisor—. Si es que no se puede ni charlar tranquilamente ya, como personas civilizadas. La gente está de los nervios. Bueno, entonces, ¿qué le parece lo de hacerme unas fotos?

—Pues la verdad, es que ahora mismo…

—¡Ya lo tengo! Se me acaba de ocurrir una idea. Un calendario. De taxistas en bolas. Bueno, a ver, usted podría hacer las fotos y exponerlas, y nosotros, con esas fotos, podríamos hacer un calendario para venderlo, para los huérfanos de los taxistas.

—Pues no crea que no me tienta. Pero es que ahora mismo me pilla mal. Ando ahí liado con un proyecto en Kuala Lumpur que no vea.

—Ya, claro, me imagino. Joer, quién pudiera. Viajando de aquí para allá, conociendo países exóticos… ¡Y mujeres! Porque no me dirá usted que…

—Buah, ya le digo. ¡Ni se imagina! ¡Un sinvivir! Me las tengo que quitar de encima. En cuanto se enteran de quién soy, o incluso si no me conocen de nombre, empiezan con que quieren posar para mí, que si tal, que si cual, ya se puede imaginar… Un auténtico acoso.

—¡Pues ya me gustaría a mí, ya! —dijo el taxista riéndose.

—¡Claro que uno tampoco está mal! Ahora, porque me ve aquí en ropa de calle, y un poco desaliñado, con todo este calor… Pero bien arreglado… soy bastante resultón, no se crea.

—Ya ya, si me lo imagino.

Habían llegado a casa de Cárdenas. El conductor paró el taxímetro y se volvió hacia Sito.

—Y digo yo, ¿no necesitará usted un ayudante? Alguien que le lleve el equipo fotográfico y que se encargue… bueno, de todo lo que se encargue un ayudante.

—Pues es que… ya tengo uno. Bueno, en realidad tengo dos, que no se hace usted una idea de la cantidad de material y lo liosas que resultan de montar las exposiciones.

—Ya, me imagino. Bueno, qué le vamos a hacer. —Sacó una tarjeta del bolsillo de su camisa y se la entregó—. Mire, aquí tiene usted mi teléfono. Rogelio Martínez para servirle. Si se queda libre la plaza de uno de sus ayudantes, no dude en llamarme. Y si no, cuando pase por Madrid, aquí estoy, para lo que necesite.

—Pues muchas gracias. ¿Cuánto se debe?

—Quince con veinte. Le regalaría la carrera encantado, no se crea, pero está la cosa muy mal, no se hace una idea.

—No, por favor. Faltaría más.

Sito pagó, se despidió y salió del taxi, todo ufano, en dirección al portal de Cárdenas.

La puerta se abrió nada más acercarse, dando paso a una pareja de jóvenes, enzarzados en una jovial discusión. Entró y se dirigió al ascensor. Un hombre de mediana edad se encontraba fregando las escaleras. Le saludó. Poco después llegaba el ascensor. Según abría la puerta, oyó cómo se abría la del portal. Se metió en la cabina, pero antes de que pudiese cerrarla apareció frente a él la anciana del segundo piso, con un carrito de la compra. Como un par de vaqueros en el antiguo Oeste, se quedaron inmóviles durante un par de segundos, escudriñando el rostro y la pose del contrario, esperando a que el otro hiciese amago de desenfundar. La mujer entrecerró los ojos. Sito desvió la mirada, dirigiéndola a lo alto. Era imposible que le reconociera, se dijo. La primera vez era casi de noche, y la segunda llevaba puesto el postizo. La anciana entró y se puso a su lado sin quitarle el ojo de encima. Sito cerró la puerta.

—¿A qué piso va?

La mujer no respondió. “Estará sorda”.

—Que ¿a qué piso va, señora? —dijo levantando la voz.

—Ya le he oído, joven. ¿Qué se cree? ¿Que estoy sorda? Yo a usted lo conozco.

Sito tragó saliva.

—Pues… no sé. No creo. Yo voy al cuarto, ¿y usted? —dijo pulsando el botón del ascensor.

—¿Sabe que huele que apesta? ¡Esta juventud! Ya ni se duchan ni se lavan, ni nada de nada. ¡Una vergüenza!

—¡Oiga, señora! Que yo me he duchado esta mañana, pero con el calor que hace…

—Hum… Estoy segura de que le he visto en alguna parte.

—Pues no, no, no… Yo a usted —la miró de reojillo un instante—, la verdad… la primera vez que la veo, fíjese lo que le digo. —Sito miraba de nuevo al frente, renegando de lo lento que subía el ascensor.

—Ya sé. ¿No va usted a la Iglesia de San Pío X?

—No, no, eh… yo soy más de San… Alfonso XII.

La anciana le miró extrañada.

—¡Ah! No había oído hablar de ese Papa.

El ascensor se detuvo. Sito abrió la puerta a toda prisa y salió al descansillo. La señora adelantó un pie, impidiendo que se cerrase la puerta. Con una mirada digna de Torquemada, observaba a Sito mientras este se acercaba a la puerta del domicilio de Cárdenas. Llamó al timbre. Mientras esperaba, incómodo por su presencia, miró a la anciana un par de veces por encima del hombro. Volvió a llamar.

—¿No baja? —preguntó al fin, molesto.

—¿Y usted, como sabe que vivo más abajo?

—No, si yo no… —Pulsó el timbre por tercera vez.

—¡Ahora me acuerdo…! Usted es el guarro que estaba meando el otro día en los contenedores. Pero sin el ojo a la funerala. ¡Pervertido! ¡Seguro que ese ojo se lo han puesto así por seguir haciendo guarradas cerca de las casas de la gente decente!

—Que no, que no, que nooo, señora, pero usted ¿por quién me ha tomado?

—¿Lo sabré yo? ¡Que cuando se me queda una cara…!

—Que no, que noooo. Que se equivoca.

Viéndola empuñar una barra de lomo que acababa de sacar del carrito de la compra, Sito se lanzó escaleras abajo.

—¡No huya, cobarde! ¡Que le voy a dejar el ojo bueno como una berenjena! ¡Sinvergüenza! ¡So guarro! ¡Si ya sabía yo que me sonaba su cara!

Sito se quedó en el rellano entre el primer piso y el portal hasta que oyó que el ascensor llegaba al segundo y la furibunda anciana se metía en su piso, recitando letanías. Bajó entonces hasta el portal, con tan mala suerte que resbaló en el último tramo de escalones, que se encontraba aún húmedo. Se fue deslizando hasta el zaguán con la cabeza dando tumbos como uno de esos perritos de peluche que se ponen en el salpicadero de los coches. Lanzó un grito de dolor continuado que, debido a los repetidos golpes de su espalda contra el borde de los peldaños, recordaba al aullido de Tarzán. El conserje, entregado a la limpieza de la puerta de la calle, dejó lo que estaba haciendo y se apresuró a auxiliarlo.

—¿Se encuentra bien? ¡No sabe cuánto lo siento! Le juro que he pasado la mopa y la he escurrido todo lo que he podido.

Sito notaba como si alguien le estuviese sacando una aguja del medio de la espalda. Se quedó quieto, tumbado en el suelo, incapaz de moverse.

—¿Puedo hacer algo? ¿Quiere que llame a una ambulancia?

—No, tranquilo. No ha sido para tanto —dijo Sito, haciéndose el machito—. Parece que se empieza a pasar. El dolor.

—¿Seguro?

Sito asintió.

—Ayúdeme a incorporarme. Sentado, contra la pared. Así, muchas gracias.

—No sabe cómo lo lamento. De verdad que…

—Tranquilo, no se preocupe. —Sito se llevó la mano a la espalda—. Son cosas que pasan.

—¿Seguro que se encuentra mejor? Mire que…

—Sí, sí.

—¿Quiere que le traiga un poco de hielo?

—Pues no estaría de más.

—Espere aquí. No se mueva. Ahora mismo vuelvo.

El conserje se metió por un estrecho pasillo situado a uno de los lados del ascensor. Poco más tarde regresaba con un trapo lleno de cubitos de hielo. Pasados unos minutos el dolor persistía, pero resultaba soportable. Sito comprobó que podía levantarse y andar sin problema.

—Lo del ojo ya lo tenía, ¿no?

—Sí, sí, ya lo tenía. ¡Que es que llevo una racha!

—¡Pues vaya! ¿Hay algo que pueda hacer por usted? ¿Quiere que le llame a un taxi?

—Pues sí, se lo agradecería. Pero antes… no sé si me podría ayudar. Verá, he venido a ver si se encontraba en casa el señor Cárdenas, el del 4º C.

—Ah, sí, sí, el señor Cárdenas.

—Trabajamos juntos en el museo de Ciencias Naturales…

—Ajá.

—… y me han mandado de dirección a ver si estaba en casa o si alguien sabía algo de él, porque ni ayer ni hoy se ha presentado en el trabajo, ni ha llamado para avisar de que estaba enfermo o… Y no responde ni al móvil ni al fijo. ¿No le habrá visto usted?

—Pues… no. No que yo recuerde. Pero claro, yo no estoy siempre en el portal. Hay muchas cosas que hacer en el inmueble, ya sabe. Podría haber entrado y salido sin que le viera. Además, el ascensor baja directamente hasta el garaje, así que…

—Ya. Y ¿no le importaría mirar si su coche está en el garaje? Es un Audi A4, de color negro.

—Puf, no sé. No me quiero buscar ningún lío.

—Le aseguro que no se va a meter en ningún lío. El director del museo piensa que podría haberle pasado algo. Un accidente, un infarto, una mala caída. He subido a su piso, pero no contesta. ¡Quién sabe! Podría estar agonizando en el suelo de su casa en estos momentos sin que nadie lo supiera.

—¡Madre mía! Pues yo no tengo llaves.

—Y ¿no podría al menos mirar lo del coche? Yo me quedo aquí. Si no está en el garaje entonces es que está fuera, y no en casa.

—Bueno… Siendo así… de acuerdo. Ahora mismo vuelvo. Sé cuál es su coche.

Regresó unos minutos más tarde. La plaza de Cárdenas estaba vacía.

—¿Le puedo pedir un último favor? ¿Podría preguntar a los vecinos?

—Bueno, yo es que tengo que acabar de limpiar el portal y luego tengo que…

—No hace falta que lo haga ahora mismo. Puede preguntarles cuando acabe. Se lo agradecería. Le dejo mi número de móvil y, cuando haya hablado con ellos, me llama y me cuenta. ¿Le parece?

—De acuerdo. Aunque dudo que ninguno de sus vecinos sepa algo. Aquí hay mucha gente mayor, salen poco de sus casas. Y además, el señor Cárdenas tampoco es que haga muchas migas con ninguno, no sé si me entiende.

—Le entiendo, le entiendo. Vaya si le entiendo.

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XXX

Ramón Salinas había hablado con todos los vicedirectores y los coordinadores de exposiciones. Ninguno sabía nada del paradero de Cárdenas, ni conocía a sus amistades o tenía una relación personal con él fuera del trabajo. Salvo Menchu, que decidió contarle todo el asunto del alca gigante.

—Así que la última vez que le visteis fue en ese club, el sábado por la noche.

—Así es.

—Lo cierto, Carmen, es que se me hace difícil creer que alguien sea capaz de hacer una réplica, a simple vista perfecta, de un espécimen como ese.

—Lo sé, pero las fotos de Sito no dejan lugar a dudas. Y le vimos a él y a Delgado llevar el alca al club.

—Bueno, lo que visteis fueron dos cajas. Podía haber cualquier cosa dentro.

—Puede ser, pero son demasiadas coincidencias: las diferencias en las fotos, el cabreo de Cárdenas cuando vio a Sito haciéndolas, que le pidiese que le entregase la tarjeta de memoria, su charla con el mafioso del club, la paliza de Brisson, las cajas, que tenían el tamaño adecuado…

—Eso es lo que dice José Luis.

—¿Qué cosa? ¿Lo del tamaño de las cajas?

—Me has dicho que tú no las viste.

—No, pero Sito me dijo el tamaño aproximado. Y encaja.

—No sé, Carmen. Entiéndeme. No es que no te crea. No es que piense que Cárdenas y Delgado sean unos santos, ¡pero de ahí a que organizaran todo este tinglado! Hablaré con José Luis en cuanto vuelva. Quiero que me enseñe esas fotos. Se ha ofrecido a ir a casa de Eduard a ver si los vecinos saben algo de él.

—¡Ah! No lo sabía. Así que no lo encontraba.

Veinte minutos más tarde, Sito se presentó en el despacho de Salinas. Entró dando pequeños pasos, con un gesto de dolor en el rostro.

—¿Te ha pasado algo, José Luis?

—Me he caído por las escaleras, en casa de Cár… de Eduard.

—¡Vaya, hombre! ¿No debería verte un médico?

—No, no, gracias. Estoy bien. Me he tomado algo para el dolor. No es nada serio.

—Bueno bueno. Tú sabrás. Ya puedes andarte con cuidado, que llevas una racha que para qué.

—A mí me lo va a contar.

—Dime, ¿qué has averiguado?

—Nada. Bueno, algo sí. No responde al timbre, aunque era de esperar, y el conserje no le ha visto en los últimos días. Ha quedado en llamarme cuando hable con los vecinos, pero parece que no se relaciona mucho con ellos. Y el coche no está en el garaje.

—Eso descarta que le haya pasado algo estando en casa. Supongo.

Salinas se quedó mirando a Sito, sumido en sus pensamientos. Al cabo de unos instantes, se levantó y se puso a pasear por el despacho, cabizbajo. Sito separó la espalda del asiento y la estiró un poco.

—José Luis… He estado hablando con Carmen hace un rato. Y me ha contado lo del alca.

A Sito se le atragantaron las palabras. Un escalofrío le recorrió la columna.

—Querría ver las fotos.

—¿Las del alca?

—Y las de Eduard y Amalio.

—¡Claro! Y… ¿qué le parece? —Sito optó, inconscientemente, por dejar de tutearle.

—No sabría decirte. Me resulta difícil de creer, aunque supongo que todo es posible. Si lo que me ha contado Carmen es cierto, la desaparición de Eduard deja de ser un misterio. Habrá preferido largarse antes de que salte la liebre en París. Aunque lo que no acabo de entender es porqué Amalio no se ha marchado también. Si están compinchados, lo lógico sería que él también se hubiese marchado, ¿no crees?

—Supongo, sí. No sé, quizás piense que la réplica es indistinguible y que, si no se han dado cuenta en París todavía, no lo harán más adelante.

—Puede ser. Pero, antes de poner el asunto en manos de la policía, me gustaría ver esas fotos. No querría destruir la carrera y la reputación de nadie sin contar con pruebas sólidas. Envíamelas por correo y ven después a verme. Quiero que me muestres las diferencias que dices haber encontrado.

—Ahora mismo, don Ramón —Sito se levantó e hizo un amago de reverencia que le hizo ver las estrellas.

Tras ver detenidamente las diferencias entre los dos juegos de fotografías, Salinas agradeció a Sito su ayuda.

—Un trabajo encomiable, José Luis. De no ser por su experto ojo de fotógrafo, esto no habría salido a la luz jamás.

—Muchas gracias, Ramón. —Sito, henchido de orgullo, respiraba ya tranquilo. “De esta me asciende”.

—Una cosa antes de irte. Se lo he dicho a Carmen también: por favor, no comentes este asunto con nadie. Esto ha de quedar de momento entre nosotros tres. Hasta que hable con la policía.

—Faltaría más. Soy una tumba.

—¡Ah! Y cuando le llame el conserje, cuénteme lo que le dice.

Salinas vio salir a Sito de su despacho. Tenía que denunciar la desaparición de Cárdenas de inmediato. En cuanto a lo del alca, no le quedaba otro remedio que explicarle el asunto a la policía, aunque con todas las cautelas. Las diferencias entre las imágenes del alca a su llegada y a su regreso a París no le parecían excesivamente significativas. Poca cosa en todo caso para ser usada como base para acusar a Cárdenas y Delgado. Cabía la posibilidad, por otro lado, de que José Luis las hubiese manipulado. ¿Hasta qué punto podía fiarse de él? Siempre le había parecido un tipo inofensivo, pero incluso el más inveterado pelafustán podía ocultar las más siniestras intenciones. ¿Tendría algo en contra de Cárdenas y Delgado? ¿Y si todo no era sino un montaje para desacreditarlos? Aunque, de ser así, ¿cómo encajaba la desaparición de Eduard en todo aquello? ¿Estaría José Luis involucrado en la misma? De lo que no le cabía duda alguna era de que si el asunto del alca resultaba ser cierto, supondría un duro revés para su carrera, para cualquier futura exposición y para la reputación, no solo del museo, sino de los museos del estado en general. Una deshonra nacional que no podía consentir. No obstante, sabía que no le quedaba más remedio que contárselo a la policía. Pero nada le impedía dar su opinión al respecto: que las sospechas de Carmen y José Luis le parecían infundadas, basadas en pruebas poco sólidas y quién sabe si, incluso, interesadas.

Continuará…

©Novela por entregas: Fernando Arnáiz, 2020.

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