Novela por entregas, El asesino imaginario (Cap. 22 a 26) por Fernando Arnáiz

XXII

—¡Una vez más! —gritó Chacho Méndez—. ¿A quién le ibas a llevar la grabación?

Su corazón latía descontrolado. Atado de espaldas sobre una mesa inclinada, con los pies en alto y la cabeza colgando, creía que le iban a estallar los pulmones. Le ardían las fosas nasales y notaba la garganta hinchada.

—¡No conozco a ningún policía! ¡Lo juro! —gritó Cárdenas, desesperado.

Empezó a llorar por debajo del pasamontañas que le cubría la cara hasta los ojos.

—Como quieras.

Cogió todo el aire que pudo. Notó cómo le colocaban de nuevo el trapo mojado sobre la cara. Cerró la boca y apretó la nariz. Chacho Méndez le hizo una señal a Micky y este empezó a verter el contenido de una botella de cinco litros sobre la cara de Cárdenas. El agua salada se le metió por los orificios nasales. Notaba como los atravesaba, entraba en su boca e intentaba abrirse paso hasta los pulmones. Unos segundos después, su cerebro intentó expulsar el agua que amenazaba con ahogarle, obligándole a abrir la boca en un intento desesperado por coger aire. El agua entró a saco. Empezó a toser mientras el irritante líquido se colaba hasta su estómago y sus pulmones. Notaba que se ahogaba. Se le comenzó a nublar la mente.

—¡Para! —ordenó Chacho.

Le quitaron el trapo. Cogió aire impulsivamente, dos, tres, cuatro veces.

—¡Dale!

Repitieron la operación. Poco después perdió el conocimiento. Al ver que no se movía, Chacho apartó el botellón y le quitó el trapo.

—¡Levántalo!

Micky lo incorporó. Quitaron de debajo de las patas de la mesa los tacos que la mantenían inclinada y soltaron las cuerdas con que tenían atado a Cárdenas. Chacho acercó el oído a su pecho y su nariz. Su corazón latía; y respiraba.

—Está bien. Se ha desmayado. Ponlo bocabajo y levántale las piernas.

Esperaron. Chacho estornudó, sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz.

—Menudo resfriado has pillado.

—La otra noche —respondió con cara de fastidio—. Cuando salimos de aquí, tengo que sacar a mi perra a hacer sus cosas antes de irme a dormir, porque si no… El caso es que la otra noche hacía un frío del carajo la vela. Mira que hace bueno de día, pero a esas horas soplaba un viento helado, y Shakira, pues que no acababa de decidirse. No hacía más que olisquear por aquí y por allá, pero no soltaba prenda. Total, que debí coger frío. Y así estoy.

—Pues tienes que cuidártelo, que estos resfriados de entretiempo son muy puñeteros.

Cárdenas se despertó en ese momento, tosiendo y vomitando agua sucia. Le pusieron nuevamente de espaldas. Chacho le dio unas palmadas en la cara.

—Venga, despierta.

Cárdenas siguió tosiendo un rato. Chacho le levantó el pasamontañas. La luz del techo deslumbró a Cárdenas, que tuvo que cerrar los ojos.

—Has estado a punto, tío. ¿Por qué no nos dices el nombre del madero? ¿Es Flores, Mendizábal…?

—Os lo juro, era para mí, por si acaso —dijo Cárdenas con los párpados entornados, tosiendo aún—. No he hablado con la poli, de verdad. —Empezó a sollozar—. ¡Os lo juro!

—¡Joder! Este tío es gilipollas. Vamos, Micky, empecemos de nuevo.

Chacho volvió a poner los tacos bajo las patas. Cárdenas intentó incorporarse. Micky le sujetó, le arrastró hasta que tuvo la cabeza colgando fuera de la mesa, y le volvió a atar. Chacho le tapó los ojos con el pasamontañas.

—¡No, por favor! ¡Por favor! ¡Tenéis que creerme!

Chacho le puso el trapo mojado sobre la nariz y la boca. Cárdenas intentó coger aire.

—¡Dale!

Micky comenzó a dejar caer el agua sobre el rostro de Cárdenas.

—Le voy a decir a Nina que te prepare un remedio infalible. Para tu resfriado.

—¿Ah, sí?

Cárdenas luchaba contra el ahogamiento, inútilmente.

—Sí, lo aprendió cuando vivía en Hong Kong. Sopa de batata y lagartija desecada con canela, jengibre y ajo.

—Hombre, no parece muy apetecible, que quieres que te diga.

—¡Qué va! Si está buenísima. Mañana te traigo un táper. ¡Ya verás!

Cárdenas no se movía.

—No sé. Es que eso de la lagartija…

—Ni se nota. En serio, te la traigo mañana.

Chacho bajó la mirada.

—¡Para, para! —gritó.

Volvieron a incorporarle. Chacho volvió a comprobar sus constantes vitales.

—¡Joder! ¡Poco más y la palma antes de tiempo!

Cárdenas volvió a recuperar la consciencia minutos más tarde. Se encontraba exhausto, le abrasaban la nariz y la garganta y el dolor de los pulmones era insoportable. La cabeza le ardía y apenas podía respirar.

—Mira, Cárdenas, nosotros no tenemos nada contra ti. Pero entiéndenos. Necesitamos que nos digas el nombre del madero para el que trabajas. Dínoslo y te dejaremos en paz. No eres tú el que nos interesa.

Cárdenas le miraba con el rostro desencajado. Se sentía confuso. No conocía a ningún poli, pero sentía que, si no les daba algo, iba a morir.

—Vale. Pero, si os digo el nombre, ¿me dejáis marchar?

—¡Palabra de honor!

Cárdenas miró al techo. ¿Cómo coño eran los nombres de los policías que había mencionado Chacho?

—Venga. Dinos. ¿Ha sido Mendizábal? ¿A que sí?

Cárdenas asintió repetidamente con la cabeza.

—¡Lo sabía! ¡Menudo hijo de puta! Nos la está jugando el muy cabrón. ¡Con toda la pasta que le hemos soltado!

—Esto es cosa de los Márquez, Chacho. Quieren al jefe fuera de juego para hacerse con todo.

—¡El Mendizábal de los cojones! ¿Y cómo coño entraste tú en contacto con Mendizábal?

Por suerte a Cárdenas siempre se le había dado bien el tener que improvisar para salir de los enredos en que se metía y poder culpar a otros de sus errores cuando lo pillaban en renuncio.

—Se dieron cuenta del cambiazo. Del pájaro. En el museo, quiero decir.

—Y ¿cómo supieron que habías sido tú?

—La cagué. Con las cámaras de seguridad. Pensé… pensé que estaban todas desconectadas pero… no era así. Cuando se dieron cuenta de que el alca gigante de la exposición no era el original, buscaron en las grabaciones. Y me pillaron. Avisaron a la policía y me detuvieron.

—Y claro, cantaste.

Cárdenas asintió con la cabeza.

—Cuando supieron quién me había hecho el encargo, apareció otro madero, el tal Mendizábal. Le conté todo, también lo de mi barco. Y me propusieron un trato: rebajarían los cargos si conseguía grabar la entrega del pájaro y hacía que don Alfonso reconociese el uso del barco para transportar droga.

—¡Menudo hijo de la gran puta! ¡Te lo dije, Micky! Nunca me gustó el puto Mendizábal. Y últimamente andaba un poco raro. ¡Se va a cagar! ¡Venga, suéltalo!

Micky le miró, sorprendido.

—¿En serio? El jefe…

—¡He dicho que lo sueltes! Le he dado mi palabra de honor. ¿O no?

—Tú sabrás.

Micky le desató. Cárdenas se incorporó y se sentó al borde de la mesa. Chacho se colocó de pie a su lado y le pasó un brazo por los hombros.

—¿Estás bien?

Cárdenas hizo un gesto afirmativo poco convincente.

—Bueeenoo… —Chacho sacó de su bolsillo un manojo de llaves y se lo quedó mirando—. ¡Un Audi! ¿Tienes un Audi?

—Sí.

—Buenos coches. Pero ni punto de comparación con el mío. ¿A que no sabes qué coche tengo?

—No. —Cárdenas se puso en pie.

—Un Mustang.

—¡Vaya! Un cochazo, sí.

—¡Ya te digo! —Chacho volvió a estornudar. Se sonó una vez más y se guardó el pañuelo en el bolsillo—. Micky, dale la camisa.

Chacho esperó a que Cárdenas se terminara de vestir.

—Un cochazo, sí señor. ¿Y tú, qué modelo de Audi tienes?

—Un A4.

—Buen coche, buen coche. ¡Oye! Por curiosidad. Si te hubiésemos tenido que dar boleto, ¿qué santo habrías escogido?

—¿Santo?

—Sí, coño, no me vas a decir ahora que no sabes porqué le llaman Santiño al jefe.

—Ah, sí, bueno…

—Venga, ¿qué santo habrías escogido?

—Pues… no sé… ¿Acaso importa?

—No, si es por curiosidad. Es que el jefe nos ha dicho que andaba corto de San Ramiros. —Se echó a reír—. ¿Te hubiera valido San Ramiro?

—Pues… supongo que sí. ¿Me das las llaves?

—¿Eh? Ah, las llaves. Sí, sí, claro. ¡Toma! ¡Ah, y tu cartera!

—¿Puedo irme ya? —Cárdenas seguía aterrorizado.

—Por supuesto. Ya te avisaremos con lo que sea. De momento, si Mendizábal te pregunta, dale largas. Micky, acompaña al señor a la salida.

Micky echó a andar en dirección a la puerta. Cárdenas le siguió. En el momento en que cogía el pomo con la mano, notó un tirón en el cuello y una especie de hilo invisible alrededor del mismo que lo aprisionaba. No podía respirar. Echó las manos al cuello y cayó al suelo. Con los ojos desorbitados pudo ver a Chacho Méndez, inclinado sobre él, tirando de un alambre con una mano mientras con la otra le sujetaba el cuello. Notó cómo el alambre se hundía en la carne, cómo la sangre de la herida resbalaba hasta su nuca y caía al suelo de cemento.

 

 

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XXIII

Unos golpes en la ventanilla despertaron a Menchu de su profundo sueño. Se quedó mirando el interior del coche, preguntándose qué hacía allí. Los golpes se repitieron. Sobresaltada, miró a su derecha. Un tipo desgreñado y bigotudo la miraba con cara de sapo desde el exterior. Comprobó que los seguros del coche estaban echados.

—¡Largo!

—¡Que soy yo, Menchu! ¡Sito!

“¡Coño, Sito!”. No lo había reconocido. Abrió la puerta. Sito se sentó a su lado.

—¡La leche! ¡Apestas! ¿Dónde has estado? ¿Durmiendo en un vertedero? —Se fijó entonces en el ojo hinchado y amoratado, la ceja partida, la sangre en la cara y en la camisa—. Pero ¿qué te han hecho?

Sito se echó hacia atrás cuando ella hizo amago de tocarle la herida.

—Perdona. ¿Te duele?

—¡Si te parece! Casi no puedo abrir el ojo. ¿Está muy mal?

—¡Psstt! Bien no está, desde luego.

Sito bajó el parasol y se miró en el espejo.

—¡Joder! ¡Pero si parezco un mapache!

—Hay que curarte esa herida. Y ponerte hielo en el ojo.

—Mejor una chuleta, ¿no? O un bistec.

—Tú y tus películas. Lo que hay que hacer es buscar una farmacia. Has sangrado un montón.

—¿Lo dices por la camisa? Ah, no, no ha sido para tanto, es casi todo zumo de tomate.

Y pasó a relatarle todo lo que había sucedido en el interior del club.

—Y dices que el que te ha pegado ha sido ¿un vecino tuyo?

—Sí, del quinto piso.

—O sea, que trabaja aquí, en el club.

—Eso parece. Pero no lo entiendo. Vale que es un tiarrón musculoso, que parece uno de esos típicos matones que ponen a las puertas de las discotecas. Pero le tenías que ver en el barrio: es un tío superamable, educado, que ayuda a las viejecitas, con su perrito siempre a cuestas…

—¿No tendrá la ceja partida?

—¿La ceja?

—Como el que le pegó la paliza a Brisson.

—¡La ceja! ¡Ahí va la leche! —Se llevó la mano a la cabeza e, inadvertidamente, se rozó el ojo hinchado, dando un respingo—. ¡Joder! ¡Cómo duele! —Resopló—. ¿Te puedes creer que el otro día me lo encontré cuando iba a entrar en el ascensor, y fue eso precisamente lo que me vino a la mente? Lo de la ceja ¡Pues claro!

—Todo encaja. Fue a tu vecino… ¿cómo decías que se llamaba?…

—Chacho.

—Pues fue a Chacho al que Cárdenas le encargó que le diera una paliza a Brisson. Has tenido suerte, porque mira cómo lo dejó al pobre.

—¡Si esto te parece poco!

—Bueno, y ¿qué hora era cuando te han tirado a la basura?

—No sé, la una y cuarto o una y media. Calculo. No me acuerdo bien.

—¡Pues son las cinco y veinte! Has estado durmiendo la mona cuatro horas.

—¡Oye, oye! ¡Que yo no estaba borracho!

—Pues apestas a alcohol, qué quieres que te diga. Bueno, a alcohol y a pescado podrido.

—A eso sí. Que me he despertado en medio de varias bolsas de basura rotas. Oye, y tú ¿qué? ¿No te ha extrañado que no apareciera antes?

—¡Ay, Sito! ¡Y eso qué más da! Me habré quedado dormida.

—Pues vaya vigilante que estás hecha. Entonces ¿no has visto salir a Cárdenas?

—Pues… no.

—Fantástico. No tenemos nada. Aparte de un ojo hinchado, una ceja rota, un dolor de cabeza de narices y todo el cuerpo dolorido, claro.

—Vamos a una farmacia, anda. Y, por favor, abre la ventana, que voy a vomitar. ¡Vaya peste!

 

 

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XXIV

El móvil empezó a sonar. Lo ignoró y se dio la vuelta en la cama. Unos segundos después del último tono de llamada, volvió a sonar. Era Menchu.

—¡Hola! ¿Cómo estás?

—¡Puf! Molido. He dormido fatal.

—¿Y el ojo?

—Parece un trozo de pulpo a feira.

—¿Hiciste lo que te dijeron en la farmacia?

—Sí, sí, no te preocupes. Ya volverá a su ser. ¿Y tú? ¿has descansado?

—Sí, hasta las tres. ¡Y espera que no me eche la siesta en un rato! —Pues en eso estaba yo. Oye, he estado pensando que, como no tenemos nada para enseñarle al director, aparte de las fotos de los dos alcas y las de Cárdenas y Delgado en la puerta de su casa…

—Bueno, y el vídeo en el club…

—No se grabó nada.

—¿Cómo que no se grabó nada?

—No funciona. El boli.

—Pero ¿no lo habías probado?

—Si, y funcionaba. Pero se debió estropear.

—Así, de repente.

—Es que ayer me tiraron un cubo de agua desde una ventana mientras esperaba a que Cárdenas saliese de su casa.

—¿Un cubo de agua? ¿Qué estabas haciendo?

—Puf, es muy largo de contar.

—Y ¿has probado a ver si funciona ahora?

—¿Qué pasa? ¿Que no te crees que se ha estropeado?

—¿Lo has probado, sí o no?

—¡Que sí, que sí, que sííí…! —Aunque Menchu no podía verle la cara, adivinó por su tono de voz que le estaba mintiendo—. De todas formas da igual, Menchu, porque lo único que hubiésemos tenido son unas imágenes de Cárdenas en el puticlub yéndose con una de las chicas. Bueno, eso y la paliza que me dieron.

—Hombre, de algo habrían servido. Para apoyar nuestra historia por lo menos, aunque no consiguieses grabar el alca dentro del club.

—Sí, no sé.

—¡Pues vamos dados!

—El caso es que se me había ocurrido una idea.

—¿Una idea? ¿Cuál?

—Aprovechar la conversación de mañana con Cárdenas, cuando vaya a preguntarte si aceptas su proposición, ya sabes… para decirle que sabes lo del alca.

—¿Qué? No, no me parece muy buena idea.

—Bueno, a ver… Puede que, de entrada, no funcione y lo niegue todo. Pero si le dices que le seguimos desde su casa hasta el club, que grabamos en vídeo cómo sacaban las cajas, y que tenemos pruebas fotográficas de que dieron el cambiazo…

—Nos dan matarile, sí, una idea buenísima, Sito. ¡Buenísima!

—Pues entonces, ¿qué hacemos?

—¡Pues qué vamos a hacer! Seguir con el plan que teníamos antes de saber lo del alca. Mañana le grabo pidiéndome que le haga un trabajito y listo. Le pondrán en la calle. Y si hago recaer las sospechas de que lo del coral fue un artificio suyo para chantajearme, no me pasará nada. Podrían incluso darme su puesto. ¿Te imaginas?

 

 

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XXV

A media mañana del día siguiente, Cárdenas no había dado señales de vida en el museo. Como todos los lunes, era un día tranquilo. Estaban cerrados al público, lo que le daba al lugar un ambiente especial, de catedral vacía, y una tranquilidad que permitía a muchos de los trabajadores del museo planificar la semana y dedicarse a tareas en las que, a diario, con el trajín de las visitas, resultaba más complicado centrarse. A eso de la una, el director apareció por la casita. Ramón Salinas era un hombre agradable, cercano con sus empleados, y cuyo único defecto para muchos era que dejaba a Cárdenas campar a sus anchas. Algo que muchos achacaban a que el fuerte carácter de este hacía que don Ramón, siempre conciliador, intentase evitar el enfrentamiento; y también, todo hay que decirlo, a que Eduard Cárdenas, un tirano contumaz con sus subordinados, era, a la par, un pelota empedernido.

—¡Caray, José Luis! ¿Qué te ha pasado en la cara? —dijo mirando sorprendido el ojo a la virulé de Sito.

—Un golpe tonto, Ramón —al director le gustaba prescindir de formalidades—. En el baño de casa. Resbalé y me di con el ojo en todo el grifo.

El mismo cuento que les había contado a los demás.

—¡Uf, eso tuvo que doler!

—Ni se imagina. Lo puse todo perdido. ¡Creía que me había sacado el ojo! Pero al final hubo suerte: me había dado en la ceja.

—Menos mal. Me alegro de que solo sea eso. Bueno… Chicos, ¿alguno ha visto a Eduard?

Todos los presentes, incluidos Menchu y Sito, negaron haberle visto en toda la mañana.

—¡Es muy raro! —dijo el director—. Teníamos una reunión hace media hora. Le he llamado al móvil, pero lo tiene apagado. O fuera de cobertura. ¿No ha llamado para decir si estaba enfermo o…?

Viendo que nadie sabía nada, se despidió, no sin antes pedirles que le avisaran si alguien se enteraba de algo. Menchu le hizo una señal a Sito para que le siguiese.

—Vamos a tomar un café.

Se encaminaron hacia el bar terraza situado delante del museo.

—Necesito una tila triple —dijo Menchu—. No hago más que darle vueltas y más vueltas a cómo voy a hacer para conseguir que admita que me pidió ya sabes qué. Estoy hecha un flan.

—No me extraña. Oye, ¿no se habrá largado con el dinero? Con la pasta que le han tenido que dar por el alca, lo mismo se ha dado el piro.

—No, no lo creo. Si no, ¿para qué montar todo el lío del coral y decirme que esperaba mi contestación hoy? No, tenía pensado venir hoy. Y vendrá, estoy segura. ¡Pero como no venga pronto me va a dar algo!

—Sí, tienes razón. No tendría sentido.

—¿Sabes? He estado pensando que, quizás, después de todo, no lo tengamos todo perdido con lo del alca. Por si lo de la grabación de hoy no sale bien. Cárdenas podría salirse por la tangente, hacerse el loco. No tiene un pelo de tonto y como se huela algo…

—¿Y qué se te ha ocurrido?

—Hablar con Brisson. Ir al hospital y contarle todo lo que sabemos. Estoy segura de que solo con enseñarle las fotos de los alcas se dará cuenta de lo que ha pasado.

—Hum… no sé. ¿Y si también está metido en el ajo?

—¿Brisson? ¿Con la paliza que le dieron?

—Deberías leer más novelas policíacas, Menchu.

—Ni falta que hace.

—¡Bueno, bueno! Tampoco te pongas así, que luego, siempre que te cuento que me he leído una nueva novela, ¡bien que te gusta!

“Cualquiera le dice que me tiene frita con los resúmenes que me hace cada vez que se lee una nueva. ¡Las palizas que me mete!”. Menchu se lo quedó mirando, mientras soplaba para enfriar la tila. “¿Qué hago? ¿Se lo digo? ¡No será por ganas!”. Dio un sorbo a la infusión.

—Mira Sito, que Brisson pueda estar involucrado… ¡qué quieres que te diga!

—Vale, quizás sea una posibilidad remota, pero estas cosas pasan. Una muñeca y tres costillas rotas a cambio de… ¿cuánto? ¿Cincuenta mil, cien mil euros? No parece un mal negocio. Y si resulta que tengo razón, nos estaríamos metiendo en la boca del lobo.

—Eso es verdad. —A Menchu se le iluminó la cara de repente—. Pues hablemos con de Rugy.

—Hombre…

—¿O me vas a decir que también de Rugy está en el ajo?

—Pues podría ser.

—¡Sito!

—¡Vale, vale! Hablemos con él. Pero ya viste que le colaron el alca falso y ni se enteró.

—Porque no es un experto en aves. Era el único conservador que tenían libre para venir a por el alca. Y encima no veía tres en un burro. Pero si le mandamos las fotos de los dos alcas y se lo explicamos todo en detalle, podemos convencerlo para que alguno de los conservadores de aves del museo le eche un vistazo.

—Parece una buena idea. ¿Cómo hacemos? ¿Le llamamos ahora?

—Mejor lejos del museo. Esta tarde, desde tu casa. Tengo su número de móvil.

Delgado tenía un cabreo monumental. El cabrón de Cárdenas le había engañado. Llevaba intentando contactar con él desde el domingo, para ver qué tal había ido todo. Pero no había manera. Debía tener el teléfono apagado. O eso o se había deshecho de él. El domingo por la tarde, desesperado, había ido a su casa. Se vio tentado de llamar al telefonillo, pero se dijo que, si se la había pegado, no respondería. Esperó a que saliese un coche del garaje y se coló dentro. Ni rastro del Audi de Cárdenas. ¡Con que no iba a cobrar un duro! ¡Que si era una forma de liquidar la deuda que tenía con Santiño! ¡Y una mierda! Se la había jugado. Y bien jugado. ¿Cuánto habría sacado el hijoputa? ¿Cien, doscientos, trecientos mil? No quería ni pensarlo. Y él, que había hecho todo el trabajo, había cobrado la mísera cantidad de quince mil euros. Mejor dicho: diez mil, porque aún le debía cinco. Pero ¿cómo no se había dado cuenta? Y ¿por qué coño se había conformado con tan poco? Si se hubiese hecho de rogar ¡le habría sacado cincuenta mil fácilmente! “¡Si es que soy tonto del culo!”. Si el domingo le quedaba algún asomo de duda, esta se desvaneció por completo el lunes, al ver que Cárdenas no aparecía por el museo. No tenía nada que hacer. A aquellas alturas, el muy desgraciado estaría pegándose la vida padre en algún lugar de Brasil, riéndose a carcajadas de él, recordando cómo se la había pegado.

 

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XXVI

A eso de las siete, se dispusieron a llamar a de Rugy.

—Ya me encargo yo —dijo Sito—, que este hombre es de la vieja escuela.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pues que seguro que le hace más caso a un hombre que a una mujer.

—Ya. Y lo de que es de la vieja escuela lo dices porque has hablado largo y tendido con él y sabes cómo piensa.

—No.

—¿Entonces?

—A ver Menchu, que es que… ¡hay que explicártelo todo!

—¡Claro, como soy tonta…!

—¡Que no, que no, que nooo…!

—Ya.

—¡Que es una forma de hablar!

—Pues, qué quieres que te diga, ¡a mí me ha parecido un poco machista! ¡Y bastante condescendiente!

—¿De quién?

—¿Cómo que de quién?

—Sí, que de quién dices que soy descendiente.

—Condescendiente, Sito, condescendiente. ¿O no sabes que significa?

—Que sí, que sí, que síí… ¡No voy a saber! —Sito desvió la mirada un instante—. Lo que quería decir es que este señor es muy mayor, Menchu. Y además, ¡francés!

—Ah, así que, según tú, los franceses son muy machistas. No como los españoles…

—Exacto.

Menchu enarcó las cejas y levantó la vista al techo.

—Vale, hablas tú con él. ¿Y en qué se supone que vas a hablar? ¿En español?

—A ver, no pensarás que voy a hablarle en francés.

—Pues lo llevas clarete, porque no habla ni papa de español.

—¡No va a hablar! Si a mí me saludó cuando llegó y cuando me marché al terminar la sesión fotográfica. Y cuando le decía que iba a sacar una foto así o asá, me respondía siempre que le parecía bien.

—Así que le oíste decir “Buenos días” y “Adiós”.

—Y okey.

—¿Okey?

—Sí, okey, ¿o no sabes qué significa?, como dices tú.

—Es inglés, Sito.

—Ya lo sé. ¿O es que te crees que soy tonto?

—Sito, de Rugy sabe decir: sí, no, buenos días, adiós, gracias, una de jamón de bellota y poco más. Te lo aseguro. Me lo dijo él mismo.

—¿Estás segura? ¡Pero si no tiene acento! —Resopló—. Bueno, vale, entonces ¿en qué hablamos con él? ¿En inglés?

—No, si te parece usamos el lenguaje de signos. Seguro que por teléfono lo entiende todo.

—¡Bueno, bueno, tampoco te pongas así! Vale, hablo con él en inglés. ¡Ya ves qué problema!

—¡Caray Sito, mira que eres cabezón! No te lo tomes a mal, pero tu inglés…

—Mi inglés ¿qué?

—Pues que… —”¿Cómo le digo que habla el inglés como el culo sin que se moleste?” — que está bien, tu inglés está bien. Pero de Rugy habla un inglés más… de la calle, ya sabes, mientras que el tuyo es… ¿cómo te diría yo? Más técnico.

—Bueno, claro, es que yo estoy acostumbrado a la jerga fotográfica, al lenguaje relacionado con el mundo de la imagen y tal. Un lenguaje más culto, más enciclopédico.

—Pues por eso. Que con el poco nivel de inglés que tiene de Rugy… ¡no se va a enterar si habla contigo! Y además, yo ya estoy acostumbrada a lidiar con él, ¿sabes? Ya le he cogido el tranquillo, y sé qué palabras entiende y cuáles no.

Sito dudó unos instantes.

—Bueno, en ese caso… Aunque sigo pensando que sería mejor que hablara yo con él. De hombre a hombre.

—Ya. No te preocupes. Sabré cómo manejarlo.

La llamada de Madrid había dejado perplejo a André de Rugy, sí, pero sobre todo, angustiado. Había dedicado su vida profesional a Le Jardin. Podía haberse jubilado hacía años, pero el museo lo era todo para él. Viudo desde los cincuenta y dos años y sin hijos, había preferido seguir acudiendo diariamente a su puesto de trabajo, pese a que sus obligaciones eran cada vez menores. Su trabajo y sus aficiones eran uno. Era incapaz de concebir a qué podría dedicar las largas horas del día una vez jubilado. Pero el director había sido taxativo: en septiembre (faltaban menos de tres meses), tenía que jubilarse. Su historial profesional había sido, si no brillante, al menos impoluto. Y no estaba dispuesto a que eso cambiara. Le había dicho a aquella cría que le parecía imposible que el alca gigante que había recogido en Madrid fuese una réplica. No obstante, había accedido a que le enviase las fotografías del animal, indicando las diferencias que decía existían entre las tomadas al inicio de la exposición y al finalizar la misma; y prometido que las estudiaría con atención, y que, de tener razón, pondría el asunto en conocimiento de los conservadores y de la dirección del museo, para que se realizase un análisis exhaustivo que permitiese concluir si el alca era o no auténtico. Promesas que bajo ningún concepto pretendía cumplir. De ser cierto que le habían dado gato por liebre, no solo se vería afectada su imagen y credibilidad, sino la del propio museo. Una deshonra nacional que él, André de Rugy, de los de Rugy de toda la vida, no estaba dispuesto a consentir.

Continuará…

©Novela por Entregas: Fernando Arnáiz, 2020.

 

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