Novela por entregas, El asesino imaginario (Cap. 20 y 21) por Fernando Arnaíz

XX

Cárdenas miró con asco el interior de la furgoneta. “¡Menuda pocilga!”. Parecía que hubiesen pasado una lija del 1 por el salpicadero y lo hubiesen cubierto después con una capa de polvo volcánico. El suelo estaba lleno de hojas resecas, mechones y pelos sueltos de animales varios, manchas marrones de lo que suponía podía ser sangre “o vete tú a saber qué”, tierra, arena… El aire olía a perro mojado, restos de heces… y a saber a qué más. Prefería no saberlo. Miró a Delgado con desaprobación.

—¿No tienes un ambientador?

Delgado, encorvado —más de lo habitual— sobre el volante, ni volvió la vista.

—Ahí, en la guantera. En espray. Pero no sé qué es mejor.

“¿Mejor que esto? Hasta un pedo tirado en las narices es mejor que esto”. Sacó el bote del compartimento. “Fragancia Floral. Deje que el aroma de la primavera inunde su hogar”. Quitó la tapa y empezó a esparcir el ambientador por todas partes.

—Esto es otra cosa. Al menos camufla un poco la peste. ¡Joder! ¿Qué has llevado aquí?

No había pasado un minuto cuando la reacción entre los gases produjo un nuevo compuesto más nauseabundo que el anterior.

—¡Coño! ¡Esto se avisa! —Cárdenas abrió la ventanilla a toda velocidad y sacó la cabeza por ella.

—El que avisa no es traidor —dijo Delgado.

Sito, a unos quince metros de la furgoneta, vio la cabeza de Cárdenas emerger por un lateral del vehículo. “Le habrá sentado mal la cena”.

Eduard esperó un par de minutos antes de cerrar la ventanilla. Disimuladamente, pulsó el botón de su pulsera grabadora. Se la había colocado en la mano derecha, junto a otras dos pulseras que lucía habitualmente: una de cuero marrón y otra con los colores de la bandera española.

—¿Sabes? Tuve mis dudas sobre que fueras capaz de hacerlo. La réplica del alca gigante, quiero decir.

Amalio apartó la vista del volante un instante. “¡Menudo gilipollas!”.

—¿Cuándo me vas a pagar los cinco mil que me debes?

—Joder, Delgado, mira que eres desconfiado.

—Soy realista. Los quiero en una semana.

—Dos semanas. Dame dos semanas. Ya te dije que este trabajito es para liquidar lo que le debo a Santiño. No me va a pagar un duro. No tuve otra elección. O le pagaba o…

—Lo sé, lo sé. O le pagabas o acababas en un vertedero. O en el fondo de un pantano. Y encomendado a San Próculo. Ya sé cómo se las gasta Santiño.

—Te juro que en un par de semanas tendré el dinero. Te di lo que tenía. Ahora estoy pelado. Pero ya te dije que tengo otro negocio en marcha.

Delgado resopló.

—No sé porqué confío en ti. Pero… vale, dos semanas. Ni un solo día más —dijo mirándole fijamente.

—Tranquilo.

Siguieron un rato en silencio.

—Me llamó ayer la directora de exposiciones de Le Jardin.

—¡Joder! —dijo Delgado volviendo la mirada a Cárdenas, inquieto— ¿Cómo no me lo has dicho antes? ¿Y qué dijo?

Cárdenas se echó a reír.

—Que estaban encantados del trato recibido, que el alca estaba en un estado magnífico y que esperaban poder volver a colaborar con nosotros en breve. Me da que quieren pedirnos alguna pieza en préstamo. No se han enterado del cambiazo.

—Cojonudo. Un problema menos. Aunque, y no es por echarme flores, mi réplica es indistinguible del original.

—Una obra maestra, Amalio, una obra maestra. No me explico cómo conseguiste hacer algo así. Por cierto, al final, ¿de dónde coño sacaste las plumas?

—Mayormente, de la colección de pieles del museo.

—¿No las echará alguno en falta?

—Ca, ya lo he arreglado. Ni rastro de que las teníamos. Me he cargado los registros.

—Un hacha, Amalio, estás hecho un hacha. ¡Si no fuera por ti!

“Eso digo yo. ¿Por qué no le pediría más pasta? Porque me apretaba el zapato, que si no…”

—Y bueno —prosiguió Cárdenas—, no te lo había dicho antes, pero tu plan para pegar el cambiazo sin que se enteraran los de seguridad fue acojonante. A mí jamás se me hubiera ocurrido.

—Bueno, bueno, no me hagas más la rosca, que ya te he dicho que puedo esperar dos semanas. No intentes camelarme para que te dé más tiempo. Necesito la pasta.

—Que sí, no te preocupes. En dos semanas la tienes.

Cárdenas volvió a pulsar el botón de grabación de la pulsera. Esta emitió una ligera vibración, imperceptible para Delgado, indicando que la grabación se había detenido.

“Perfecto”, pensó Cárdenas. “Por si alguna vez intentas traicionarme, capullo”.

Poco después enfilaban Sor Ángela de la Cruz. Al llegar a la puerta del club pararon en segunda fila. Cárdenas se bajó del vehículo y entró en el local.

Sito localizó el coche de Menchu, aparcó la moto en la acera, guardó el casco y se acercó a la ventanilla del copiloto. Menchu la bajó y le pidió que entrara.

—¿Estás seguro de que llevan el alca? —le preguntó una vez a su lado.

—Supongo. Llevan dos cajas. Por el tamaño diría que sí.

—Entonces ¿por qué no las bajan y las meten dentro?

Sito se encogió de hombros, sacó la cámara y se preparó para grabar. Poco más tarde, Cárdenas salía del club acompañado por Mickey el mazas. Apenas pudieron verles brevemente, ya que se acercaron a la puerta del copiloto y ellos, en cambio, se encontraban del lado del conductor.

—¿Estás grabando?

—Que sí, que sí.

Cárdenas y Mickey salieron de detrás de la furgoneta; pero, en lugar de dirigirse a la puerta trasera para sacar las cajas, siguieron andando por la acera. La furgoneta arrancó y se alejó del club.

—Pero… ¿qué…?

—¿Qué hacemos?

—Espera —dijo Menchu, viendo que Cárdenas y su acompañante doblaban la esquina a su izquierda, y que la furgoneta giraba por la primera calle a la derecha —. Quizás tengan otra entrada. Resultaría un poco raro entrar en el local con un par de cajas grandes, estando la clientela dentro.

Poco después, Cárdenas y Micky abrían una puerta en el lateral del edificio.

—¡Corre! Ve a la otra esquina y escóndete, para grabarles mientras meten las cajas. Sito salió del coche a la carrera, cruzó la calle y se situó discretamente tras la esquina de un edificio. En ese momento, la furgoneta de Delgado apareció al fondo de la calle en la que se encontraban Micky y Cárdenas, avanzó hasta la entrada de mercancías del club, la rebasó ligeramente y, subiéndose a la acera, se detuvo. Desde su posición, Sito no veía más que la parte delantera del vehículo. Delgado se bajó y se dirigió a la trasera. Sito se agachó y avanzó lentamente por la calle, protegido por los coches aparcados en la acera de enfrente. Llegó a la altura de la parte posterior del furgón y se sentó en el suelo. El corazón le iba a mil, el sudor le caía a chorros por la frente y le temblaban las manos. Pensó en entonar algún mantra relajante, pero, se dijo, no tenía tiempo para ello. “Claro que tampoco me sé ninguno”. Se dio la vuelta y, de rodillas, miró a través de los cristales del coche junto al que se había detenido. “¡Mierda!”. Había calculado mal: Delgado había abierto las puertas traseras y no veía el interior de la furgoneta. Tenía que avanzar un poco. Se puso a gatas y empezó a andar a cuatro patas. De detrás del siguiente coche aparecieron dos piernas de mujer y cuatro patas, pertenecientes a un rottweiler que, con los ojos desorbitados, se lanzó encima de él, ladrándole como un poseído. Sito, al ver lo que se le venía encima, echó la cabeza al suelo y se la protegió con las manos. Su postura, con el culo en pompa, hizo que una ristra de pedos que llevaba aguardando el semáforo en verde desde hacía bastante tiempo, decidiese salir al exterior. Por suerte, la dueña pudo sujetar al chucho a tiempo tirando de la correa, evitando que el animal, con bozal y todo, se merendara a Sito.

—Pero ¿se puede saber qué hace ahí, en el suelo de la calle, a cuatro patas como si fuese un perro? —dijo la mujer, una joven musculosa vestida con ropa deportiva ajustada.

Sito sacó el ojo por encima del codo y, al ver que el animal parecía controlado, se relajó y se puso de rodillas.

—Es que… se me cayó una moneda y la estaba buscando, debajo del coche.

—¡Pues menudo susto que me ha dado! ¡Y al bonachón de mi Jesulín, casi lo mata de la impresión!

“¡Tócate los huevos! ¡Pobre Jesulín! ¡Hay que joderse!”

—Vamos, Jesulín, cariño, que ya no puede una ni salir a la calle tranquila.

Y siguió su camino, dejando a Sito en estado de shock. Se oyó el ruido de una puerta al cerrarse. Empezó a ponerse en pie. Dos puertas más. Miró a través de los cristales del coche.

“¡Mierda, mierda y más mierda!”. Ya habían terminado de sacar las cajas, las puertas de la furgoneta estaban cerradas, y Delgado se estaba subiendo al vehículo. Arrancó y se alejó. La puerta de la entrada de mercancías del club estaba también cerrada. Ni rastro de Cárdenas. Se terminó de incorporar. Notó algo raro en los calzoncillos. “¿Me habré meado? Como para no mearse. ¡Menudo susto me ha pegado el perraco ese de las narices!”. Se metió la mano por delante y se palpó la zona del paquete. Seco. “Pues no”. Echó a andar. Seguía estando incómodo. Como si tuviera un peso dando tumbos dentro del calzoncillo. “¡No me jodas!”. Se detuvo al llegar a la esquina. Se llevó la mano a la espalda y la metió por dentro del pantalón. La fue bajando por encima del calzón hasta que llegó a la parte inferior. Parecía un contorsionista. Menchu le observaba desde el otro lado de la calle con la boca abierta. Sito cerró los ojos y palpó a través de la tela del slip. Una cagarruta.  Pequeña, pero cagarruta a fin de cuentas. Sacó la mano, arrugó la nariz y, con cara de asco, se olió los dedos. No cabía duda alguna. “¡Joder! ¿Y ahora qué hago?”. Cruzó la calle hasta el coche.

—¿Tienes un poco de colonia?

—Sí, pero ¿se puede saber qué hacías?

—¿De qué?

—¿Cómo que de qué? Ahí, meneándote como una bailarina tailandesa.

—No, nada, que se me había metido un bicho por la camisa.

Menchu sacó un pequeño espray con colonia.

—Toma.

—Échame aquí un poco, anda —dijo Sito extendiendo las manos.

—¿Y eso?

—Pues… que he tenido que gatear. Y me he manchado. ¡Que no veas cómo está el suelo!

—Venga —dijo Menchu echándole un poco de colonia—. ¿Les has podido sacar bien?

—¿Con la cámara?

—No, con el zapato. ¡Pues claro que con la cámara!

—Pues es que ha aparecido un perro, uno de esos de presa, todo boca y dientes, y se me ha echado encima justo cuando iba a empezar a grabar. Y cuando me lo he podido quitar de encima ya habían terminado y cerrado las puertas. Así que…

—¡Pues estamos buenos!

—¡Hombre, gracias por preocuparte por mí!

—Perdona. ¿Te ha hecho algo el perro?

—No.

—Pues entonces no sé a qué viene esa cara de cordero degollado.

—No, si no es por eso.

—¿Entonces?

—Nada, lo de la bestia parda esa, que me ha dejado un poco… descolocado.

—Ya. Bueno, ya te estás dando prisa. Como no consigas grabar a Cárdenas con el alca al lado, o al menos con la caja, no tenemos nada que hacer.

—Ya… Te dejo aquí la cámara. Si ves algo raro me avisas.

—Vale. ¿Cómo qué?

—Pues… si ves volver a Delgado… o a Cárdenas saliendo por la puerta de mercancías… no sé.

—Vale. Te aviso, no te preocupes. ¡Oye! —dijo al ver que se daba la vuelta.

—¿Qué?

—¡Ten cuidado! ¿Vale?

—¡Está controlao! —dijo Sito con aire de suficiencia, sonriendo por una vez con naturalidad.

Menchu lo vio alejarse lentamente, con un paso extraño. “Mira que es raro a veces. ¿Por qué andará así? Parece un vaquero escocido”. Era ya de noche, no había cenado y estaba cansada. Reclinó el asiento y se dispuso a esperar.

Sito cruzó la calle, se detuvo un momento para poner en marcha el bolígrafo espía, y entró en el club.

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XXI

Cárdenas siguió a Micky y a otro tiarrón de aspecto eslavo mientras llevaban las cajas al interior del local. Atravesaron un estrecho pasillo y entraron en una sala de paredes grises y suelo de cemento, amueblada únicamente con una gran mesa metálica, una silla, un sillón de cuero granate y, a su vera, un velador con una pequeña lámpara y un cenicero. Micky, con un cuidado impensable en una mole de músculos como él, tumbó la caja que contenía el alca gigante sobre la mesa, mientras su compañero dejaba la otra en el suelo. Micky le hizo un gesto al otro para que saliese de la habitación.

—¡Siéntate! —ordenó Micky, indicando la silla.

Cárdenas hizo lo que le decía y se dispuso a esperar a Santiño. Miró la pulsera. “Quizás no sea mala idea grabar la conversación. ¡Quién sabe! Podría venirme bien si esto sale a la luz algún día, por lo que sea”. Pulsó el botón de la pulsera y esta vibró suavemente.

—¡Vaya, vaya! Ya empezaba a pensar que iba a tener que enviar a los chicos a buscarte. —Santiño lo observaba todo, plantado en el dintel de la puerta, con un puro encendido en la mano.

Detrás de él, Chacho Méndez, el vecino de Sito, miraba a Cárdenas con cara de pocos amigos. A su lado, un tipo delgado, de aspecto enfermizo y con cara de miedo, agarraba con fuerza un maletín negro.

Cárdenas empezó a ponerse en pie, pero Santiño le hizo un gesto para que se sentara y se situó junto a la caja.

—¡Abridla! Vamos a ver que nos ha traído don Eduardo.

Se movió junto al sofá mientras Micky abría la parte superior de la caja de madera con una palanqueta. Chacho hizo pasar al tipo del maletín al interior, entró detrás de él y cerró la puerta. Micky retiró la pieza de madera y la puso en el suelo. El interior de la caja estaba lleno hasta el borde de perlas de poliestireno.

—¡Cárdenas! —dijo Santiño, haciéndole un gesto con la mano para que procediera a sacar el alca.

Cárdenas se puso en pie y empezó a retirar los gusanillos blancos que protegían al espécimen de los golpes, depositándolos sobre la mesa. Dejó al descubierto un bulto envuelto en plástico de burbujas y rodeado de fajos de papel de embalar. Sacó dos de los fajos y, a continuación, el fardo que contenía el alca. Lo puso con cuidado sobre la mesa.

—Necesitaría un cúter —dijo mirando a Chacho—. Para cortar la cinta.

Chacho asintió. Se agachó, levantó la pernera de su pantalón y sacó un machete. Se acercó, agarró el fardo con una mano y cortó la cinta que sujetaba el plástico de burbujas. Cárdenas lo desenvolvió y, a continuación, con mucho cuidado, retiró una capa de papel de embalar de color marrón que daba varias vueltas alrededor del alca, dejándolo, por fin, a la vista de todos.

—¡Así que este es el famoso alca gigante! —dijo Santiño—. A mí, qué quieres que te diga. Muy gigante no me parece. ¿Seguro que es este?

—Seguro, seguro, don Alfonso.

—Hum… Si tú lo dices. Queda saber si es el auténtico o si se te ha ocurrido colarme la copia.

—¡Don Alfonso! —El, en otras ocasiones, impecable tupé blanco de Cárdenas vibraba como un flan de gelatina. —¡Jamás se me ocurriría algo así!

—Cosas más raras se han visto. Hay mucho imbécil que se cree muy listo ahí fuera. Espero que no seas uno de ellos. Por tu bien, claro.

—De verdad, le juro que…

—¡Deja ya de jurar en arameo, coño! ¡Y siéntate! —Se dirigió entonces al tipo del maletín—. Usted es el experto, ¿no?

—Bu… bueno, yo de pájaros no sé, pero…

—¡Pero qué carallo! ¡Vamos a ver, cojones! —gritó Santiño—. ¿No era usted el que nos iba a decir si el pájaro este es de verdad o no? ¿Si tiene cien o doscientos años, los que sea?

—Sí, sí, eso sí.

—¡Pues entonces! ¡Me cago en la leche…! ¡Venga, haga lo que tenga que hacer!

—Sí, sí.

El tipo saco un portátil del maletín y lo encendió. Abrió algunas imágenes del alca gigante del Museo de Historia Natural de París, y pasó un rato comparándolas con el ejemplar, con Santiño a su espalda.

—Bueno, ¿qué?

—Así, a simple vista —dijo el hombre sudando la gota gorda—, parece el mismo. Pero tengo que tomar muestras y llevarlas al laboratorio.

—Sí hombre sí, ya me lo dijo Antúnez. Que era cosa de hora y media o un poco más entre unas cosas y otras. Bueno, haga lo que tenga que hacer. Micky le llevará al laboratorio y le traerá de vuelta. Y tú, Cárdenas, mientras esperamos a que el chico vuelva, espera en la sala. Puedes subir con una de las chicas si te apetece. A mi cargo. Si el pájaro es auténtico, claro —dijo echándose a reír—. Si no… tendré que cobrarte. Tú ya me entiendes.

Cárdenas tragó saliva.

—Muchas gracias, don Alfonso. Es usted muy generoso. No se arrepentirá, se lo juro. Verá que el animal es el bueno.

—Bueno, bueno, no hace falta que jures nada. No vaya a ser que te castigue Dios y vayas al infierno de cabeza —. Se rio y miró a sus chicos, haciendo que se unieran al jolgorio. —Venga, vamos. Dejemos que el sabiondo este vaya a hacer su trabajo.

Sito observó el local. Abarrotado. Sonaba el gipsy rock de Las Grecas, con su Te estoy amando locamente. En el centro de la sala, dos gogós vestidas únicamente con una peineta y un tanga lo daban todo. “¡Vaya tela! Hoy hay nivel”. Miró y remiró. No veía a Cárdenas por ningún lado. Tenía que ir al baño a deshacerse del incómodo huésped del calzoncillo, que se movía para adelante y atrás intentando marcarse una rumba.

—¿El baño? —le preguntó a una camarera que pasó a su lado con una bandeja de bebidas.

—Al fondo, guapo.

Sito se atusó el flequillo. “Estoy que rompo”. Cruzó el local abriéndose paso entre la multitud. Llegó hasta una mampara negra que conducía a un pasillo apenas iluminado. Entró en los servicios y se encerró en uno de los retretes. Se bajó los pantalones. Con cara de asco, miró dentro del calzoncillo. “Menos mal. Es de las durillas. No está muy manchado”. Se deshizo del huésped y limpió como pudo los brochazos que había dejado en la tela del eslip y en la raja del melocotón. Poco después, con el trasero en un mediocre estado de revista, regresó a la sala. Se dirigió al fondo de la barra para poder abarcar con la vista todo el local. Por suerte había un taburete libre. Se acercó la camarera. La misma de dos días atrás. En lugar de una pajarita llevaba una gargantilla de cuero rematada con un anillo en el centro.

—¿Qué tomas, cariño?

—Un Bloody Mary.

—Ok.

Se le acercó una chica pequeñita, rubia, de bote.

—Hola, amor —dijo con voz empalagosa—. No te había visto por aquí antes.

“Coño, la misma del otro día. Pero de rubia”.

—No, es que estoy en Madrid de paso, y bueno…

—Ah, pues, muy bien ¿no? ¿Qué? ¿Me invitas a algo? —dijo arrimándose.

—Claro claro.

—¡Qué amable! ¡Todo un caballero! El caso —dijo mirándole fijamente—, es que… ahora que me fijo… tu cara me suena. Como si te conosiera de algo.

—Pues… no sé…

—¿Seguro que no has venido por acá antes?

—No, no, nooo… Es la primera vez.

—¿Qué te pongo, amor? —le preguntó a la chica la camarera, que acababa de servirle a Sito el combinado y unos quicos.

—¡Anda, si yo creía que no teníais quicos!

—¿Cómo? —la camarera se lo quedó mirando extrañada. “Este tío me suena de algo”.

—No, nada, cosas mías.

—Bueno, tú sabrás. ¿Qué te pongo entonces, cariño? ¿Un zumo?

—Un sumo. De piña, sí. Grasias —Daniela le tiró un beso a su compañera.

“Un sumo. ¡Hala, treinta pavos!”.

—Ay, no te he dicho mi nombre. Soy Daniela.

—Eh… Pepe —dijo él mientras ella le plantaba un par de besos en las mejillas.

—Mucho gusto, Pepe. Bueno y ¿qué hases tú aquí, tan solito?

—Pues… yo… la verdad, no sé si me podrías echar una mano.

—Ay, amor, una no, las dos. —Daniela le metió mano a la entrepierna. — Y lo que tú quieras.

—Es que… —dijo Sito retirándose prudentemente— es otro tipo de mano de la que estoy hablando.

—Ay, amor, qué soso. Pues… no sé…

—Es que había quedado aquí con un amigo. Hace media hora. Le he buscado por todo el club, pero no lo encuentro. Y empiezo a pensar que a lo mejor se ha cansado de esperarme y se ha marchado.

—Ya. —Daniela dio un sorbo al zumo que le acababan de servir.

—Es alto, cincuenta y tantos años, con el pelo blanco peinado así, para atrás y a un lado. Un poco engreído.

—¿Un poco qué?

—Engreído. Un poco chulito, vaya.

—¡Ah! ¡Qué culto, chico! ¿Y es tu amigo, dises?

—Sí.

—Pues para ser tu amigo no hablas muy bien de él. ¡Oye! —dijo separándose de golpe con gesto serio, mirándole de arriba abajo—. ¿Tú no serás de la pasma?

—Que no, que nooo… ¡Qué voy a ser de la pasma! Que estoy buscando a un amigo. Bueno, amigo amigo, lo que se dice amigo… Compañero de trabajo. Creo que viene por aquí a menudo. Se llama Eduard. Anda así, muy tieso, como si le hubiesen metido un palo por el culo.

Daniela dio un respingo con gesto de sorpresa.

—¿Eddie? Tú estás hablando de Eddie. ¿Así, con la naris un poco ganchuda y los ojos asules?

—Exacto.

—¡Anda, mira! ¡Un amigo de Eddie y no nos lo había presentado!

—Entonces, ¿le has visto?

—Ay, amor… ¿Pepe dijiste? —Sito asintió—. Pues no, Pepe, hoy no lo he visto. Pero tranquilo, que si lo veo le digo que estás aquí.

—No no, mejor no le digas nada. Que sea una sorpresa.

—Pero ¿no habías quedado con él?

—Bueno, quedado, lo que se dice quedado… No exactamente. Quiero decir que habíamos quedado, pero no hoy necesariamente. O sea… Hoy o mañana. Quedé en pasarme hoy o mañana, pero que no era seguro, vamos, no sé si me entiendes…

—Vale vale. Oye, y mientras esperas a ver si llega Eddie, ¿por qué no nos vamos tú y yo a un sitio más tranquilo? Arriba, no sé si me entiendes tú a mí. —Daniela puso una mirada lasciva y se mojó los labios lentamente con la lengua.

—Aayyyy… pues no creas que no me tienta, pero es que no quiero que se me escape Eddie.

—Bueno, tú te lo pierdes —Daniela puso cara de contrariedad, dio un nuevo sorbo a su bebida y se despidió con la mano— Ciao.

Sito le dio un trago a su Bloody Mary y empezó a devorar los quicos. Tenía un hambre feroz. Cuando se terminó el bol, llamó a la camarera y le pidió más quicos. Cada poco se ponía de pie sobre los apoyapiés del taburete para poder controlar bien la sala. “¡Joder, qué alturas! Esto parece una convención de jugadores de baloncesto”. Cuando acabó el segundo bol de quicos, la sed hizo que se tomara el resto del cóctel de un trago. ¿Dónde estaría Cárdenas? Seguramente en la parte de atrás, pasada la cortina del fondo. Pero delante de ella había plantado un tipo con aspecto de mercenario que no se movía del sitio. Pidió otro Bloody Mary.

Lo llevaba terciado cuando apareció Cárdenas en escena, a través de la cortina. Se acercó al otro extremo de la barra, pidió algo de beber, “un JB, seguro, igual que Bermejo”, y se puso a hablar con una de las chicas. Sito no le quitaba ojo. Quince minutos más tarde, Cárdenas cogió de la cintura a la chica y subieron al piso de arriba. A hacer ganchillo.

Sito estaba que fumaba en pipa. No tenía nada de nada. Un corto vídeo a la entrada de la casa de Cárdenas en el que le daba la mano a Delgado, otro en la entrada del puticlub, junto al tal Micky, y otro, muy largo, en el interior del local, en el que se veía a Cárdenas tomando una copa con una señorita. Eso era todo. Cero patatero. No había nada que hacer. A menos… A menos que se colara en la trastienda y buscara el alca. Tenía que estar allí, en alguna parte. Aunque no pudiese grabar a Cárdenas junto al alca, si lo encontraba, el vídeo hablaría por sí mismo. Pero para eso necesitaba que el matón del fondo dejase su puesto de vigilancia.

Hora y pico después, con cuatro Bloody Marys en su haber y medio pedo, Sito continuaba en la barra esperando cuando, de repente, el mazas metió la cabeza entre las cortinas, la volvió a sacar y se dirigió al piso de arriba. Era su oportunidad. Se bajó del taburete, moviéndose al ritmo salsero del Noche de Copas de Luis Enrique. No cabía un alfiler. Fue sorteando cuerpos con la copa en alto, tan rápido como le era posible. Se encontraba ya al fondo del local cuando una de las chicas del club se giró de repente y chocó con él, derramando la mayor parte del Bloody Mary sobre su camisa. Sito, que iba medio flotando en una nube, se echó instintivamente hacia atrás, tropezó y cayó al suelo. La copa salió rodando entre la multitud de pies y se perdió de vista.

—¡Ay, amor! ¡Perdona, cuánto lo siento! ¡Cómo te he puesto! —. La chica se agachó y le ayudó a levantarse.

—Tranquila —dijo Sito con cara de circunstancias—, no passa nada.

—¿Estás bien?

—Ferpectamente. —Notaba la lengua hinchada, de trapo.

—Te acompaño al baño a lavarte, ¿vale?

—No, no, tran…quila. No te moleshtess. Ya mee… apaño. —Miró hacia las cortinas. Micky seguía sin aparecer.

—¿Sabes dónde está el baño? —preguntó la chica.

Sito levantó la mano y, haciendo un arco con el brazo, señaló con el índice hacia el pasillo que llevaba a los servicios.

—Puedo yo sholo. Tranquila.

—Bueno, como quieras. Lo siento, de verdad.

Sito levantó las dos manos y echó a andar de nuevo hacia las cortinas del fondo. Estaban solo a tres o cuatro metros de distancia. En ese momento aparecieron frente a él Cárdenas y Micky. Se paró en seco. Los dos hombres cruzaron las cortinas. Sito esperó un instante, se acercó y metió la cabeza a través de ellas. A su izquierda, un pasillo con papel pintado de color granate, con varias puertas a los lados. Los dos hombres se metieron por la tercera de ellas. Sito entró en el pasillo y se dirigió hacia allí con sigilo. Estaba a medio camino cuando, por el fondo del pasillo, apareció Chacho, su vecino. Sito se quedó parado de golpe. ¿Qué hacía allí?

—¡Eh, tú! ¿Qué haces aquí? —gritó Chacho acercándose a grandes zancadas.

—Puesh… bushcando el baño —respondió Sito con poca convicción y la culpabilidad pintada en el rostro.

—¡Los cojones! Has entrado aquí buscando algo.

—Que no, que no, que noooo… Ademásh, también te podría preguntar yo a ti lo bisbo, ¿no? A ver, ¿qué haces tú aquí?

Chacho Méndez lo agarró por la camisa.

—Pero ¿tú quién cojones te has creído que eres?

—¡Puesh quién voy a sher!

Chacho le empujó contra la pared.

—Bueno, bueno, ¡vaya humos! Pero ¿a ti qué te pasha? —Se dio cuenta de golpe de que Chacho no le había reconocido con el postizo, el bigote y las gafas—. ¡Ah, claro! Esh que no me…

No le dio tiempo a terminar. Chacho le lanzó un directo a la boca del estómago que le dejó sin aliento. Se encogió, con la boca abierta, abrazándose el diafragma como si llevara una camisa de fuerza. Boqueó inútilmente, tratando de coger aire. Chacho le propinó entonces una patada en la entrepierna, lo que hizo que se incorporara ligeramente mientras sus manos descendían para sujetar sus partes nobles. Recibió entonces un puñetazo en el ojo izquierdo. El golpe le partió la ceja y empezó a sangrar por la herida. Se tambaleó unos instantes y cayó al suelo. Chacho aún tuvo tiempo de propinarle un par de patadas antes de que perdiese el conocimiento.

—¡A tomar por culo, hombre!

Chacho volvió sobre sus pasos y se asomó a la puerta por la que, poco antes, había entrado Cárdenas.

—¡Micky! Ayúdame a sacar a un merluzo a la calle.

Lo cogieron entre los dos y se metieron por una de las puertas, saliendo así a un garaje. Abrieron el portón de mercancías del local y, viendo que no había nadie en la calle, tiraron a Sito encima de unas bolsas de basura, entre dos contenedores llenos hasta los topes.

—¡A dormir la mona, caraculo!

En el coche, Menchu dormitaba con la cabeza hacia un lado y la boca abierta. Empezó a sonar su móvil.

—¿Sí? —respondió adormilada.

—Buenas noches, le llamamos del concurso Calcula y gana, de Radio Sonrisas. Si acierta esta pregunta habrá ganado un iPhone de última generación.

—Ah, pues qué bien.

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Con Menchu.

—¡Que nombre tan bonito!

—Gracias. —Se enderezó en el asiento y se restregó los ojos, intentando espabilarse un poco.

—Muy bien Menchu. Escúcheme atentamente. Tiene tres segundos para contestar a una pregunta. Es muy fácil. Si gana, ya sabe, se lleva un iPhone de última generación. ¿Lista?

—Sí sí, claro.

—Muy bien… Ahí va… ¿Cuánto suman… 33 y 22?

—¿33 y 22? Cincuenta y cinco.

—¡Por el culo te la hinco! —Se empezaron a oír un montón de risas y se cortó la llamada.

“¡Me cago en…! ¡Les voy a cantar las cuarenta a esos niñatos! ¡Se van a enterar!”. Miró el número: llamada privada. “¡Mierda!”. Se desperezó y miró alrededor. Por un instante no supo dónde estaba. “¡Estupendo, me he quedado dormida!”. Miró la hora: la una y doce. Hacía más de dos horas que Sito había entrado en el club. ¿Qué narices estaba haciendo allí dentro? Solo esperaba que no le hubiera pasado nada malo. Le llamó por teléfono.

El móvil de Sito empezó a sonar. Una, dos, hasta ocho veces. Emitió entonces un pitido y apareció un mensaje: “Nivel de batería al 5%”. Sito, inconsciente, ni se movió, despatarrado encima de las bolsas de basura, con la cara ensangrentada y la camisa manchada de la salsa de tomate del Bloody Mary.

No contestaba. Menchu no sabía qué hacer. ¿Entraba en el club? ¿O esperaba un poco más? Quizás Sito no había oído la llamada. Seguramente habría música. Y muy alta. O puede que le hubiese pillado en un momento delicado. Decidió esperar un poco más. Puso el móvil en el asiento de al lado. Minutos después había vuelto a quedarse dormida. Su móvil, puesto en silencio, emitió una vibración y apareció un mensaje en la pantalla: ” Nivel de batería al 5%”.

Cárdenas se movía inquieto en su silla, sentado frente al alca gigante. Solo esperaba que el petimetre aquel del maletín no volviese diciendo que la prueba tal o la prueba cual habían dado mal y que se trataba de una réplica. Le miró de arriba abajo. ¿De dónde habría salido aquel tipo? Llevaba un buen rato dándole vueltas al asunto, preocupado. En algún momento, tiempo atrás, se había planteado la posibilidad de que Delgado se la jugase. Pero, al final, sus dudas se habían disipado. Todo parecía en orden. Ahora, sin embargo, la duda le empezaba a corroer de nuevo. ¿Y si después de todo Delgado se la había dado con queso? ¿Y si no había dado el cambiazo en el museo? Él no lo había visto: estaba distrayendo al guardia de seguridad. Podría haberle engañado, haber dejado el original en su sitio y haberle entregado ahora la réplica. Eso explicaría que en París no se hubiesen dado cuenta de nada. Pero… ¡no tenía sentido! ¡Delgado se jugaba el pescuezo! Si Santiño averiguaba que era una réplica, podía darse por muerto. Y lo sabía. Sabía cómo se las gastaba Santiño. Porque él no pensaba pagar el pato. De eso nada. Le echaría a Delgado las culpas sin dudarlo un instante. Además, podía demostrarlo: tenía la grabación de la conversación que habían mantenido en la furgoneta. Inconscientemente, empezó a tocar su pulsera.

Chacho observaba a Cárdenas sin parpadear. Se le veía nervioso, sudoroso. Algo no iba bien. Le vio dándole vueltas a la pulsera. Echó la cabeza hacia delante, mirándola con detenimiento, con el ceño ligeramente fruncido. Esa pulsera… Se miró la muñeca. ¡Coño, igual que la suya! ¡Una pulsera espía!

Alfonso Chozas, alias Santiño, entró en la sala. Se sentó en el sofá y volvió a encender el puro que llevaba en la mano. Chacho se acercó, se agachó y le susurró algo a la oreja. Santiño lo miró arqueando las cejas.

—¿Seguro?

Chacho asintió con la cabeza. Santiño frunció el ceño, miró a Cárdenas de soslayo y dio una larga chupada a su puro.

—¿Y bien? —preguntó al mequetrefe del maletín—. ¿Qué puede decirnos?

El individuo sacó unos papeles del maletín y se aclaró la garganta. Cárdenas contuvo la respiración.

—Todo indica que se trata del ejemplar original. El análisis de las plumas y del relleno confirman una antigüedad aproximada de unos ciento ochenta años.

Cárdenas cerró los ojos un instante y respiró profundamente.

—Bueno —dijo—, entonces, todo arreglado, ¿no, don Alfonso? Deuda saldada.

—Deuda saldada. —Santiño señaló al tipo del maletín y dijo—: Micky, acompaña al caballero a la salida.

En cuanto estuvieron fuera, Cárdenas, henchido de confianza, decidió que era el momento oportuno para exponerle a Santiño su plan.

—Don Alfonso, ahora que hemos solucionado este tema del alca, quería aprovechar si tiene un segundo, para proponerle algo.

—¿Ah, sí? ¡Vaya!

—Verá, me gustaría seguir colaborando con usted en el tema del Predator, mi barco.

—¿Ajá?

—Querría seguir prestándoselo. A un precio razonable, por supuesto. Para que pudiese seguir utilizándolo, ya que veo que le ha venido bien, porque durante estos meses me lo ha pedido prestado unas cuantas veces para sus negocios de… bueno, ya sabe…

—No no. Dímelo tú. Mis negocios ¿de qué?

Cárdenas tragó saliva.

—Pues… de la droga, la que trae de Marruecos, ¿no?

—¿Droga? ¿De Marruecos? Chico, a ti se te ha ido la olla. ¿Crees que me dedico a eso? A lo único que me dedico es a mis clubs, a las bateas de mejillones y a la ganadería de toros bravos. —Se mesó inútilmente su rebelde pelo de pincho—. ¿Se puede saber de dónde carallo te has sacado eso de la droga?

—Bueno, yo… no sé, lo habré oído por ahí. Lo siento mucho, don Alfonso, no pretendía…

—No pasa nada, tranquilo. —Santiño se levantó y se acercó a él—. Además, ya no necesito que me prestes el barco.

—Ah, ¿no?

—No. ¿Y sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque me lo voy a quedar. —Y nada más terminar de decirlo, le clavó la punta del puro en un brazo.

Cárdenas comenzó a gritar como un cerdo en el matadero. Intentó llevarse la mano a la zona quemada, pero Micky puso sus brazos alrededor de su pecho y empezó a apretar. Cárdenas chillaba, rugía y sollozaba mientras pataleaba e intentaba zafarse del feroz abrazo. Dos minutos después, gimiendo, llorando del dolor y algo más calmado, preguntó qué había hecho.

—Que ¿qué has hecho? Pues verás, es que hay un problemilla.

—Pero si el pelao ese ha dicho que es el alca original.

—Sí sí, si de eso no me cabe ninguna duda. Por cierto, bonita pulsera. ¿Es nueva?

La sangre de Cárdenas decidió hacer un esprint de la cabeza a los pies. Batió el récord mundial. Blanco como la cal, sus labios azulados comenzaron a temblar sin control.

—Chacho —dijo Santiño—, ¿por qué no le enseñas la tuya?

Méndez obedeció a su jefe y puso su muñeca delante de las narices de Cárdenas.

—¡Anda! —dijo Santiño— ¡Pero si son iguales!

—Don Alfonso, don Alfonso, no es lo que parece. ¡Se lo juro!

—¡¿Ah, no?! Entonces, ¿no has estado grabando nuestra conversación?

—No, yo… bueno, sí, sí, pero, de verdad, no es lo que parece.

—Pues lo que parece es que eres un puto chivato de mierda y que me quieres vender a los maderos. Eso es lo que parece. Lleváoslo.

—No no, don Alfonso. Escúcheme, se lo suplico. Estaba solo probando qué tal funcionaba porque tengo que…

Santiño le soltó un tortazo e hizo un gesto a Chacho y Micky para que se lo llevaran.

—Nene —dijo dirigiéndose a Chacho—, voy corto de San Ramiros.

Y salió por la puerta, lanzando una bocanada de humo.

 

Continuará…

©Novela por entregas: Fernando Arnáiz, 2020.

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