Novela por entregas, El asesino imaginario, (Cap. 17, 18 y 19) por Fernando Arnáiz

XVII

 

 

Se despertó de madrugada. Las cuatro y veinte. Aquel sofá no solo era un horror, era incomodísimo. Le dolían la espalda y la cadera. Se levantó y fue al baño a buscar un paracetamol o un ibuprofeno. Nada. Al final, de pura chiripa, encontró las medicinas en la cocina, bajo el fregadero, junto a una cesta con patatas, el cubo de la basura y el lavavajillas. “Lógico. ¡Cómo no habré mirado aquí antes!”. Se tomó una pastilla y volvió a la salita. Pero, al ver aquel monstruo marrón con flecos, con los cojines hundidos, esperándole para tragársela y acabar de descoyuntarla, enfiló el pasillo que llevaba a las habitaciones. Era la casa de los padres de Sito, luego debía haber dos dormitorios, el de él y el de sus padres. Había tres puertas, todas abiertas: la del cuarto de baño, otra situada enfrente y una tercera, al final del pasillo. Entró en la primera. La tenue luz que venía del salón le permitió distinguir el mobiliario. No parecía haber cama alguna. Encendió la luz. Nada. Una mesa alargada con un ordenador, paredes cubiertas de fotos enmarcadas, estanterías, libros, equipo fotográfico… pero ni rastro de una cama. Sito había convertido su antiguo dormitorio en un despacho. Siguió hasta el fondo del pasillo y asomó la cabeza al otro dormitorio. Sito dormía, parecía que profundamente, en una cama doble, arrimado al lado de la ventana. El hueco que quedaba a la izquierda parecía invocarla, ejercer una magnética atracción sobre Menchu. Sofá de mierda, cama cómoda, sofá de mierda, cama cómoda… Ganó la cama por goleada.

Sito soñaba con la noche anterior. Mejor dicho, con una versión de la noche anterior en la que celebraban que El talento del señor Prado había ganado el Premio Nacional de Narrativa. A la ceremonia, que tenía lugar en el Real Gabinete del Museo Nacional de Ciencias Naturales, habían acudido las más altas representaciones de la cultura del país. Extrañamente vestidos, eso sí, con bermudas, tops floreados y pajaritas. De pie sobre el elefante africano y la jirafa, dos gogós, con cabezas de pingüino, bailaban al ritmo del Yo quiero bailar. Una ceremonia en la que el piscolabis, servido por matones vestidos de riguroso negro, consistía en zumo de melocotón, almejas a la marinera, berberechos al vapor y, de postre, gominolas con forma de alca. Tras recibir el premio de manos del rey, que por algún motivo tenía el rostro de Eduard Cárdenas y le miraba con gesto hosco, la reina le dio la mano y la enhorabuena y empezó a entonar la canción bajo los aplausos de los asistentes. Sito la abrazó por los hombros y se pusieron a bailar el cancán mientras entonaban la pegadiza canción: “Yo quiero bailar, toda la noche. Baila, baila, bailando va, baila, baila, bailando, ¡hey!”. En ese momento el rostro de la reina se transmutó en el de Menchu. Pero no estaban ya en el museo, sino en el sofá de su casa, viendo Casablanca. Menchu, que tenía la cabeza apoyada sobre su hombro, se volvió hacia él y aproximó su rostro al suyo, dispuesta a besarle en los labios. En el preciso instante en que su boca empezaba a adivinar la proximidad de los jugosos labios de Menchu, el sueño se desvaneció. Adormilado y molesto por la interrupción, Sito abrió los ojos. Vio a Menchu tendida a su lado, en medio de la oscuridad, y se volvió a dormir, con una profunda cara de satisfacción.

Eran las nueve menos cuarto cuando ella se despertó. Comprobó que Sito estaba dormido y, sin hacer ruido, se levantó, se peinó como pudo frente al espejo del baño, se calzó y salió de la casa procurando no hacer ruido al cerrar la puerta. Ya en el ascensor le envió un mensaje: “Gracias por la cena. Lo pasé muy bien anoche. Pero necesito ducharme y cambiarme de ropa”. Y, piensa, que Toñi, me dé un masaje en la espalda. “Nos vemos esta tarde para comprar el disfraz. No te olvides de la cámara espía”.

Veinte minutos después entra en su casa. Toñi, una de sus dos compañeras de piso, saca la cabeza por la puerta de la cocina.

— Bueno, bueno. ¡Rosita, mira a quién tenemos aquí! ¡Si es la devoradora de hombres!

Rosita, una treintañera cuyo diminutivo contrastaba con su enorme —ella decía portentosa— figura, salió del baño medio dormida, con el ceño fruncido.

—No jodas que te has tirado al Sito. —Y, dirigiéndose a Toñi—: Se fue a cenar a su casa.

—Que no, que no. Que no me lo he tirado. —Entró en la cocina—. ¿Hay café hecho? —Ve la cafetera medio llena y el piloto encendido—¡Menos mal! Estoy muerta. Me he quedado dormida en su casa, viendo una peli. Eso es todo.

—¿Ah, sí? ¿Qué peli? —preguntó Toñi.

La Carretera.

—Ni idea.

—Sí, mujer  —dijo Rosita desde el dintel de la cocina—. Esa de Viggo Mortensen en plan postapocalíptico.

—¿Del Mortensen? ¿Quieres que nos creamos que te has quedado sopa viendo una peli del Mortensen? ¿Con lo macizo que está? ¡Venga ya! Que no, Rosita, que te digo yo que esta se ha tirado al Sito. Si se veía venir. Antes o después tenía que pasar, y eso que…

—¡Que no, coña! ¡Que te digo que me he quedado dormida!

—… mira que es poca cosa el amigo. Soso, insulso, pequeñito, trolero… que no sé que le puedes haber visto a ese tío. Pero claro, como no has regao el helecho en dos meses… Ya se sabe: hay que seguir comiendo, aunque sea chóped.

—Pues mira, ni es soso ni insulso. Trolero no te digo que no lo sea; ni pequeñito, pero…

—Pero la tiene muy grande, ¿no?

—Mira que eres basta, Toñi. Sito es amigo mío de toda la vida. Es como un hermano; o un primo.

—Bueno, a los primos también se les puede echar un polvo —dijo Rosita—. Si están buenos. Claro que no es el caso.

—Y eso de follarse a los primos, ¿lo sabes por experiencia propia?

—Puede ser. —Rosita sonrió— Un par de veces.

—Jo, tía, qué morbo —dijo Toñi—. Cuenta, cuenta.

Menchu se bebió el café de un trago.

—Bueno, os dejo. Me voy a dar una ducha.—Y ya desde el pasillo—: Toñi, ¿podrías darme un masaje en la espalda cuando termine?

—Vale, pero tendrá que ser rápido. Tengo un paciente a las diez y media.

Quince minutos después está tumbada bocabajo en la mesa portátil de fisio de Toñi.

—Chica, tienes esto supercontracturado. No me extraña que te duela.

—La mierda del sofá de Sito.

—¿Os lo montasteis en el sofá? Tía, hay que tener cuidado con esas cosas, que empezamos a tener una edad.

—Mira que eres pesada. Me quedé dormida en el sofá.

—¿Y no te dejó su cama? Menudo donjuán de pacotilla.

—Supongo que no quiso despertarme. Me arropó y me quito los zapatos. Creo.

—Mientras el enano ese no te quitara las bragas…

—Pero mira que le tienes manía al pobre. ¡Con lo bueno que es! No sé qué te ha hecho.

—No, si a mí no me ha hecho nada. Es que me parece un sinsorgo, eso es todo. Y está por ti hasta las cachas. Esto te va a doler un poco.

Menchu notó cómo le clavaba un dedo junto al omóplato y pegó un grito.

—¡Coño!

—Aguanta un poco, ya verás qué bien después.

—¿Qué es eso de que está por mí?

—Bueno, bueno, no me digas que no te has dado cuenta.

—¡Ay, joder! ¡Que duele!

—Mira que eres jijas, niña. Bueno, ya —dijo relajando la presión y masajeando la zona.

—Puf, menos mal. ¡Qué va a estar por mí! Es mi mejor amigo, eso es todo. Si estuviera por mí, ¿no crees que ya se habría insinuado? ¿Después de todos estos años? Que no, que no, que nooo…

—Pero ¿tú te oyes? Chica, para mí que te gusta, porque ya hasta hablas como él.

—¿Cómo?

—Que no, que no, que nooo… —dijo Toñi, imitando la voz de Sito—. Igualito que él. Ya solo falta que te dé por ponerte a leer novelas policíacas todo el día. Por cierto, ¿te has enterado de lo del mendigo?

—¿Qué mendigo?

—Lo he leído en las noticias, en el móvil. Han encontrado el cadáver de un mendigo. Esta mañana. Muy cerca de la casa de tu amigo, por cierto. En Ponzano. Tienes que haberlo visto. Tenía que estar aquello lleno de policía.

—Pues… no, no he visto nada.

—Pues parece ser que lo han estrangulado.

“La leche. A Sito debería contratarle de ayudante una de esas videntes de la tele. Aunque el mendigo haya muerto estrangulado en lugar de envenenado”.

Rosita apareció en la puerta.

—¿No estás lista? —le preguntó a Menchu.

—¿Yo?

—Habíamos quedado. ¡El vestido! ¡Para la boda de mi prima!

—¡El vestido! ¡Oh! No me acordaba. Estoy molida.

—¡Venga, venga! —Rosita desplazó su monumental cuerpo hasta la camilla— ¡Arriba! ¡Vamos! —La ayudó a incorporarse—. No seas perezosa. —Menchu la miraba con cara de alma en pena—. Ya descansarás por la tarde. ¿No me vas a dejar colgada, no?

—¡Vaaaale! Venga… Me preparo y nos vamos.

—Esa es mi Menchu.

 

 

 

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XVIII

 

Sito abrió el ojo y se encontró la almohada vacía. “¿Y Menchu? ¿Lo habré soñado o estaba durmiendo conmigo?”. Se levantó y fue a la salita. Tampoco estaba allí. Se molestó un poco. “Mira que irse sin despedirse. Claro que no me extraña. ¡Mira que la cagué bien anoche!”. Ya en la ducha, algo más despierto, se convenció de que no estaba todo perdido, de que quizás aquella noche, después de lo de Cárdenas, podrían ir a tomar una copa, quien sabe si, incluso, a bailar. Bueno, a bailar casi mejor que no. Prefería no recordar la última vez que habían ido a bailar a una disco en Atocha. A algún mentecato del local se le había ocurrido la peregrina idea de grabarle mientras bailaba, rondando a Menchu, y lo había puesto en directo en las pantallas de la sala. Se habían formado corrillos para verlo. Las risas aún se escuchaban en Logroño. De ir a bailar nada. ¡Coño, lo de Cárdenas! ¡Tenía que comprar la cámara espía! ¡Y eran ya las 11! Desayunó a toda prisa, cogió el móvil y salió a la carrera. Vio el mensaje de Menchu. ¡Se lo había pasado bien por la noche! Definitivamente, no todo estaba perdido.

Al llegar a la Tienda del Espía, se quedó mirando el escaparate. No podía evitarlo. Era parte del ritual. En el interior, Roberto revisaba un pedido mientras Pepe, su compañero, se dedicaba a reponer material en el frontal de la tienda. Vio movimiento frente al escaparate y volvió la vista. “Hostias, el enano coñazo. No me lo puedo creer”. Fue hasta el mostrador.

—¡Roberto, mira quién ha venido! ¡Tu amigo!

Roberto se echó a un lado para poder ver el escaparate.

—¡No me jodas! ¿Otra vez?

—Me parece que ya me estás devolviendo los veinte pavos de la apuesta. Este viene a devolver la grabadora.

—¡Doble o nada! Otros 20 a que no es eso.

—¡Hecho!

Sito abrió la puerta, los saludó con la cabeza y una de sus sonrisas de merluzo, y se dirigió al fondo de la tienda, a la zona de las cámaras, ante la atenta mirada de los dos dependientes.

—Algo me dice que me he ganado otros veinte pavos —dijo Roberto con una gran sonrisa de satisfacción.

Veinte minutos más tarde Sito salió de la tienda, entusiasmado con su nueva adquisición: un bolígrafo espía con una cámara de alta resolución que grababa audio y video, y que permitía también hacer fotografías.

Volvió a casa y se dedicó a probar el boli espía un buen rato, hasta que se quedó convencido de que funcionaba correctamente. Miró la hora: las doce y veinte. Tenía tiempo antes de comer para revisar la novela. Ahora bien, los nombres no pensaba cambiarlos. Que pensaran lo que quisieran en el museo. Además, para cuando la novela estuviese publicada, Cárdenas sería historia.

Se puso a cambiar el capítulo segundo, para corregir lo de la librería y la licorería. Mejor una licorería. No, una vinoteca, eso es, como la que hay en Ponzano. Entonces se dio cuenta de que tenía que cambiar buena parte del capítulo, porque si Prado no podía usar el arsénico para cargarse a Bermejo, no tenía sentido que hiciese un ensayo primero con un mendigo. Tenía que matar al mendigo, pero de otra manera. ¿Cómo? ¿Qué haría Ripley? Después de mucho reflexionar, se decidió por el garrotte, un lazo fabricado con un cordón de nailon usado por la mafia para estrangular a sus víctimas. Ripley lo había utilizado para cargarse a un mafioso italiano en el retrete de un tren en El juego de Ripley, la tercera de sus novelas. Fácil de fabricar, de ocultar, rápido y limpio. Perfecto. Pero eso significaba que le sobraba un capítulo: en el primero Prado fallaba en la dosis de arsénico, que doblaba en el segundo capítulo, consiguiendo con ello matar al mendigo. Pero si usaba un garrotte… ¡le sobraba uno de los capítulos! ¡Ah, no! No estaba dispuesto a borrar ninguno de los dos. El hecho de fallar en el primer intento, se dijo, le proporcionaba verosimilitud a la historia. Decidido, se puso a corregir el primer capítulo:

 

Capítulo 1. El mendigo

 

Bajó del autobús a tres manzanas de distancia. Madrugada de un martes, lluvia intermitente y calles desiertas. Había escogido bien el momento. El aire olía a limpio por primera vez en varias semanas. Se subió la capucha, abrió el paraguas y comenzó a andar. Un taxi solitario se aproximó de frente, aminorando la marcha, desesperado por hacerse con un cliente. Tomás Prado bajó la cabeza y apuró el paso. Llegó a un cruce, se refugió en un portal y comprobó por décima vez que llevaba el arma en el bolsillo: un “garrotte”, un lazo de nailon utilizado por la Mafia para estrangular a sus víctimas. Satisfecho, levantó la mirada en dirección al edificio situado en diagonal, al otro lado de la calle. El portal estaba remetido metro y medio, y a su derecha, bajo el escaparate de una vinoteca, un vagabundo dormía arrebujado en su saco de dormir, cubierto por una manta y un gran plástico de color azul. No se movía. Esperó un rato. Tenía que asegurarse.

Miró a un lado y al otro de la calle y levantó la vista hacia las ventanas de las casas situadas enfrente. Todo el mundo dormía ya, salvo en uno de los últimos pisos, en el que una luz cambiante indicaba la presencia de un televisor encendido. Cruzó la calle y levantó de nuevo la mirada, esta vez hacia la fachada del edificio en cuyo portal se había refugiado. Ni un alma. Siguió caminando hasta que estuvo a un par de metros del hombre. Seguía sin moverse. Le oyó roncar. Miró las bolsas y el carro de la compra situados tras él y a sus pies. Era él. No cabía duda. Sacó el “garrotte” del bolsillo y se agachó, dispuesto a segar la vida de aquel pobre desgraciado. Pero, en el preciso instante en que se disponía a pasar el lazo alrededor de su cuello, Prado oyó las voces de lo que parecían varios jóvenes, acercándose por la calle. Temeroso de ser descubierto, abandonó el entrante del portal y se alejó en dirección contraria. Cruzó la calle, dio la vuelta a la esquina y esperó a que el grupo pasase de largo. Se asomó. Los chavales se habían detenido en el portal, junto al vagabundo. Empezaron a gritarle, a increparle y a darle patadas. El hombre se despertó y, de un salto, se puso en pie, con una gran navaja en la mano. Los jóvenes, unos mocosos de menos de dieciocho años, se apartaron y, ante los hábiles movimientos en arco que el mendigo realizaba con la faca, optaron por salir corriendo mientras seguían con sus insultos. Prado los vio alejarse. El vagabundo dormitaría con un ojo abierto el resto de la noche. Tendría que dejarlo para otro día.

 

Arreglado el primer capítulo, modificó el segundo para que coincidiese el modus operandi. Repasó el tercer capítulo por si necesitaba algún retoque —seguía sin ocurrírsele un título apropiado, por lo que lo dejó como estaba— y pasó al cuarto. Aquello eran palabras mayores. Tenía que cambiar la mitad de lo escrito. Para satisfacer a Menchu, cambió el título: El Club. “Aunque es un puticlub, por mucho que se empeñe Menchu. Un club puede ser de muchas cosas: de tenis, de lectura, de ajedrez, de jazz, de futbol… qué sé yo, de mil cosas”. Se puso a rehacer la segunda mitad del capítulo:

 

Prado no estaba dispuesto a dejar que aquel individuo se saliese de nuevo con la suya. Sin decirle nada a Mamen, había empezado a seguir a Bermejo cuando este salía del trabajo, con su Canon compacta (Prado trabajaba como fotógrafo en el zoo), dispuesto a obtener alguna prueba que pudiera comprometerle ante la dirección. Había sido así como había averiguado que era cliente habitual de un puticlub llamado “El Hechizo”. Prado se había hecho con una buena peluca, una gorra de beísbol, unas gafas de pega y un bigote postizo, y hecho pasar por un cliente más del club durante varios días, para saber en qué invertía el individuo la hora y media que pasaba allí dentro. Bermejo entraba, saludaba a esta o a aquella chica, se acodaba en la barra y pedía de beber. Siempre lo mismo: JB con hielo. Invitaba a una de las mozas (estas siempre tomaban algún tipo de zumo, las más de melocotón), charlaba con ella, se echaba unas risas y, algunos días, subía con una de ellas al piso superior, donde pasaba media hora. “Imposible hacerlo aquí dentro”, se dijo Prado. Bermejo era un tipo grandote. Supuso que opondría mayor resistencia que el mendigo. El mendigo. Cualquier otro hubiera sentido lástima por aquel tipo, pero para Tomás Prado se trataba de un daño colateral sin importancia.

Dos días antes de la fecha límite dada a Mamen por Bermejo, Prado encontró la oportunidad perfecta. Bermejo había bebido más de la cuenta aquella noche y, cuando salió del club de alterne, se encontraba medio ebrio. Le siguió con su moto y, al ver que se dirigía de vuelta a su domicilio, le adelantó, con la intención de llegar antes que él. Tras aparcar, sacó una pequeña mochila del baúl de su moto, se la puso a la espalda y se escondió cerca de la puerta del garaje. Bermejo tardó unos minutos en llegar. Cuando el Audi cruzó el portón, Prado se coló en el interior del garaje. Sacó un pasamontañas de la mochila, se lo enfundó y se acercó rápida pero sigilosamente hasta la plaza en la que estaba terminando de maniobrar Bermejo. Se escondió detrás de una columna y, en el momento en que el motor se apagó, se agachó y se arrastró hasta situarse delante del coche. Bermejo se bajó y echó a andar, tambaleante. Prado saltó sobre él. En la mano, extendido, el “garrotte”. Lo pasó por la cabeza de Bermejo y, con un hábil movimiento, lo deslizó hasta el cuello y tiró de él con fuerza. La cuerda se incrustó en la carne, dejando sin respiración a Ernest, quien, con la fuerza del tirón, perdió el equilibrió, cayendo de espaldas al suelo. Instintivamente, se llevó las manos al cuello. Sus ojos desorbitados miraban a Prado, intentando adivinar qué estaba pasando y quién era aquel individuo encapuchado. La cara de Bermejo se tornó amoratada, la boca abierta y la lengua fuera, en un inútil esfuerzo por llenar sus pulmones de aire. Pataleó unos segundos mientras Prado, de rodillas sobre su torso, apretaba con más y más fuerza. La sangre manaba de la herida abierta en el cuello. Bermejo perdió el conocimiento en pocos segundos. Prado mantuvo la presa durante un par de minutos. Aflojó un poco el lazo, lo cortó y lo metió en un bolsillo lateral de la mochila. Sacó de esta una gran bolsa de plástico y la extendió junto al cuerpo inerte de Bermejo. Rebuscó en los bolsillos de este hasta encontrar las llaves del coche. Le metió entonces en la bolsa, abrió el maletero y, con mucho esfuerzo, consiguió meterlo en el interior. Sacó una botella de lejía y unas bayetas de la mochila, limpió la poca sangre que manchaba el suelo y lo volvió a guardar todo. Montó en el coche y salió del garaje.

Se dirigió a su casa y recogió otra mochila, mayor que la anterior, que llevaba preparada varios días. Volvió al coche y enfiló la A6 hasta El Escorial. Una vez allí, siguió hasta el pueblo de Peguerinos. Eran las dos de la mañana y no había un alma en la pequeña carretera. Cruzó el pueblo y tomó el camino que llevaba a la Casa de la Cueva. Al llegar al desvío que conducía al albergue se lo encontró cerrado por una pequeña barrera levadiza. Rompió la cadena con un cortafríos, levantó la barrera y volvió al coche. Cincuenta metros más adelante, tomó una estrecha senda a su izquierda. No era apta para un coche como aquel, pero eso daba igual. Avanzó unas decenas de metros hasta un lugar en que el bosque daba paso a una zona desarbolada con apenas algún que otro matorral aislado. Paró, cogió la mochila grande y la dejó a una distancia prudencial del coche, detrás de un gran peñasco. La abrió, sacó una garrafa de gasolina, se acercó al coche y lo regó con el combustible. Abrió el maletero y mojó el cuerpo de Bermejo. Trazó después un reguero de gasolina hasta el lugar donde había dejado la mochila. Dejó la garrafa dentro del coche, volvió junto a la mochila, saco un encendedor, prendió el reguero y se escondió detrás del peñasco. Las llamas llegaron enseguida al coche, que se prendió de golpe como una antorcha. Poco más tarde, su depósito de combustible explotaba, levantando el vehículo del suelo por unos instantes. Prado se asomó, observó la hipnotizante escena durante unos minnutos y, poniéndose la mochila a la espalda, regresó por donde había venido. Ya cerca de Peguerinos, buscó un lugar resguardado donde echar el saco de dormir. Se cambió de ropa, comió y bebió algo y se dispuso a pasar la noche.

 

 

 

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XIX

 

Menchu estuvo hasta las cuatro y media con Rosita, ayudándola a encontrar un vestido para la boda de su prima. Estaba derrengada. Camino de casa, mientras iba pensando en la siesta que se iba a echar, le llegó un mensaje de Sito.

Quedamos en una hora?

Tan pronto? Lo de Cárdenas es por la noche

Pero no sabemos a qué hora va a llevar el alca. Y me ibas a ayudar con lo del disfraz

El disfraz… vaya, no me acordaba

Entonces, en una hora?

Déjame que llame a una amiga y te digo

Vale

“¡Mi siesta a freír puñetas!”. Llamó a Tere, más amiga de Toñi que de ella. Trabajaba en una peluquería especializada en pelucas y postizos, en una estrecha bocacalle que daba a Montera.

Llegaron allí poco después de las seis. Sito se quedó mirando el escaparate, horrorizado. Dos docenas de cabezas de maniquí de los años sesenta miraban al infinito con pelucas de aspecto retro.

—No te preocupes. Parece un poco cutre, pero Tere es una artista, ya verás, te va a dejar hecho un pincel. ¡Pasa, anda!

Entraron en el local, una estrecha peluquería con tres sillas a la derecha y dos lavacabezas al fondo.

—¡Menchu! ¡Cuánto tiempo! —Una rubia platino delgada y bajita salió a su encuentro— ¡No sabes la alegría que me has dado!

Mua, mua y requetemua. Conversación intrascendente sobre fulanita y menganito. Sito de pie, contemplando el ritual con ojos de besugo.

—Tere, este es Sito. Amigo de toda la vida.

Mua, mua y requetemua. Tere le puso ojitos. Sito sonrió, con su habitual falta de naturalidad.

—¡Ven, siéntate aquí!

Sito se acomodó en uno de los sillones y se contempló en el espejo. Tere le cogió la cabeza con las dos manos y se la giró de un lado y del otro.

—Pues, chico, no sé para qué quieres ponerte pelo, la verdad. Tienes una cabeza monísima.

—No, si yo no…

—Es que a mí me gustan los hombres así, con poco pelo, ¿sabes? —dijo, revolviéndoselo con la mano—. Incluso con menos. Rasurados. — Miró a Menchu a través del espejo y después, haciéndole un guiño a Sito, continuó— Del todo. Por arriba y por abajo.

Tere y Menchu se echaron a reír. Sito se puso colorado como un pimiento morrón.

—Pero bueno, si quieres pelo, te pondremos pelo.

—En realidad es para un disfraz —intervino Menchu.

—Ah, es verdad, ya no me acordaba. Bueno, lo mejor es que pongamos un postizo. Queda mucho mejor que una peluca, ya verás. El color… yo diría que marrón oscuro. Ahora vuelvo.

Tras trastear unos minutos en lo que parecía un pequeño almacén al fondo de la tienda, volvió con una especie de peluca deslavazada.

—¿Eso no será el postizo? Porque parece una fregona.

—Es que lo es, pero no te preocupes, que después de limpiar el suelo la he metido en la lavadora.

Sito la miró abobado y empezó a levantar el trasero de la silla, dispuesto a salir de allí corriendo. Tere le empujó por los hombros.

—Ahí quieto. Que te estoy tomando el pelo. ¡Una fregona! Es pelo natural! Ya verás qué bien te queda.

Tere le puso una capa de color verde, ajustó el cuello con cinta, cogió un cortapelos de un estante y empezó a rasurarle los pocos pelos que tenía en la parte superior de la cabeza. Sito la observaba con el ceño fruncido. Miraba el local y, de reojo, el escaparate, preguntándose qué podía esperarse de un sitio como aquel. Tere sacó entonces un botecito y, con un pincel, empezó a aplicarle un líquido en la parte superior de la frente.

—¿Y eso?

—Un poco de pegamento.

—Ah, no, no, que luego a ver cómo me quito la fregona esa de la cabeza.

—Ay, chico, mira que me has salido quejica. Es pegamento de quita y pon, parecido al de los post-it.

Terminó de aplicar el pegamento líquido y le fue colocando el postizo, de delante atrás.

—Bueno, y ahora a cortar. Como no tienes demasiado pelo por los lados ni detrás, voy a hacerte un corte modernillo, rebajado, para que no se note el postizo.

Le mojó su nueva cabellera, la peinó para darle forma y empezó a cortar a tijera. Sito no podía creer lo que estaba viendo. Veinte minutos después, embobado y con una enorme sonrisa, salía de la peluquería, mirándose en el cristal de todos los escaparates por los que pasaban.

—¿Qué te decía?

—¡Bueno, bueno, bueno! ¿Tú has visto qué pelazo me ha dejado? Y no se nota nada.

—Sí, la verdad, es que te queda bastante bien.

—Vamos, si lo sé, me pongo uno hace años.

—Chico, con tu pelo natural también estás muy bien.

—¿En serio? —Sito no cabía en sí de gozo.

—Pues… sí —respondió Menchu dándose cuenta de que se podía estar metiendo en terreno pantanoso—. Bueno, ahora hay que comprar un bigote y unas gafas sin graduar. El bigote en un chino y las gafas en una óptica cualquiera.

Al terminar, Sito estaba irreconocible.

—¿A qué hora quedamos? —preguntó Menchu.

—Pues… ya mismo.

—¿No podemos quedar más tarde? Estoy molida. Llevo todo el día de aquí para allá. Y con lo mal que he dormido…

—¿Y eso?

—Pues chico, es que yo de sofás, como que no soy.

—Pero ¿no has venido a dormir a mi cama esta noche? Hubiera jurado…

—No, no, que va.

—¡Ah! Pues ya te digo, me pareció…

—Entonces, ¿te vas ya a casa de Cárdenas? —le interrumpió Menchu, decidida a desviar el curso de la conversación.

—Sí, sí. Voy a casa, pillo la moto y me voy p´allá. No vaya a ser que salga temprano. El tipo aquel le puso como límite las doce de la noche, pero podría ir antes, vete tú a saber.

Menchú resopló.

—Bueno, vale. Pues entonces voy a casa, cojo el coche y voy yendo hacia el club. Hablamos por el móvil.

Cuarenta minutos más tarde, Sito estaba en el portal de Cárdenas. No sabía en qué piso vivía. Empezó a llamar al telefonillo, empezando por los pisos superiores.

—¿Sí? —Una voz de mujer.

—Cartero comercial.

—Lo siento, no queremos publicidad. —Y le colgó.

Llamó al siguiente piso.

—¿Sí? ¿Quién es? —respondió una voz de hombre.

No parecía Cárdenas, pero Sito no estaba seguro.

—Cartero comercial —dijo con voz cascada.

Le colgaron de nuevo. Cinco minutos después seguía pulsando botones.

—¿Sí? —Una niña.

—Cartero comercial.

—Mi mamá dice que no abra a nadie.

Le colgó. “La leche, qué vecindario. A este paso…”. Llamó a otro piso.

—Hola, Piluca, ya te abro. —dijo la voz de una señora mayor.

—No señora, soy el cartero comercial. —“Pero… ¡seré membrillo!”

—Piluca, ¿eres tú?

—Sí, sí, eh… Hola, sí, sí, soy Piluca —dijo con voz atiplada.

Sonó la cerradura al abrirse. Empujó la puerta. Un vestíbulo amplio con plantas de plástico. Se acercó a los buzones, situados al fondo a la izquierda, junto a los ascensores. Cárdenas, Cárdenas, Cárdenas… Sí, Cárdenas, allí estaba. Salió del portal y llamó al 4ºC. Pasaron unos segundos. Empezó a ponerse nervioso. “Anda, que como no esté en casa… ¡Como se haya ido ya al puticlub!”.

—¿Sí? —Parecía la voz de Cárdenas.

—Cartero comercial.

—Largo, no queremos propaganda.

Le colgó. Era la voz de Cárdenas, no había duda. Se sentó en la moto y se puso a esperar el momento en que se abriese la puerta del garaje y saliese el coche de Cárdenas. Le envió un mensaje a Menchu.

Aún está en casa. Al acecho. Te aviso cuando salga

Vale, estoy llegando al club

Las ocho y media. Sito no sabía ya cómo ponerse. Tenía el culo acartonado. Se preguntó, inquieto, si Cárdenas no se habría ido sin que él se hubiese dado cuenta. Pero desde donde estaba podía ver el portal y el garaje. “Andando no se ha ido. Y en coche tampoco… a menos que tenga otro coche aparte del Audi”. Salió corriendo hacia el portal, agobiado. Llamó de nuevo al piso de Cárdenas.

—¿Sí?

—Cartero comercial.

—Joder, ¿otra vez?

Cárdenas colgó el telefonillo. Sito regresó a la moto, más tranquilo. Envió otro mensaje a Menchu.

Aún no ha salido

Pues si lo llego a saber… Bueno, avísame cuando salga. He aparcado cerca del club, en un sitio desde el que se ve la puerta

Genial. Te aviso

Dieron las nueve y media. Le dolía todo. “Este tío tiene otro coche. Fijo”. Volvió al portal, a la carrera. Llamó al telefonillo.

—¿Sí?

—Cartero comercial.

—¡Me cago en tu puta madre, chaval! ¡Como no dejes de tocar al timbre, bajo y te meto dos hostias como melones!

—¡Pero bueeeno! Pero ¿a usted qué le pasa? ¡Será gilipollas! ¡Que es la primera vez que llamo!

—¿Gilipollas yo? ¿La primera vez? ¿Tú te crees que soy tonto? ¡Me cago en la leche! Vas a ver… —Y colgó.

Sito salió por patas, se sentó en la moto y se puso el casco (toda prevención era poca). Un minuto más tarde apareció Cárdenas en el portal. Miró a un lado y a otro, furibundo. Vio a Sito, lo examinó durante unos instantes, miró a un lado y al otro de nuevo y volvió a entrar, dando un portazo.

A las diez las ganas de mear pudieron con él. Cruzó la calle y, después de comprobar que no había moros en la costa, se puso a orinar en los matorrales en que lo había hecho dos días antes.

—¡Oiga! ¿Se puede saber qué está haciendo?—gritó una voz de señora mayor desde arriba.

“No puede ser”. Levantó la vista. La misma anciana del jueves, la del segundo piso, le observaba desde una ventana.

—Eeeh… que se me ha caído una moneda, señora, y rodando, rodando, ha ido a parar entre estos arbustos.

La señora desapareció. Sito terminó con lo suyo y, cuando se estaba cerrando la bragueta, oyó la voz de la señora de nuevo.

—¡Caradura!

Oyó un siseo, levantó la vista y vio una cascada de agua que se le venía encima, y a la anciana con un cubo vacío entre las manos. Apenas le dio tiempo a separarse. El chorro de agua le mojó parte de la camisa, a la altura del bolsillo.

—¡Pero… será…!

Vio que la anciana se metía en la casa, dispuesta a regresar con otro cubo de agua. Volvió junto a la moto. “¡Joder con la vieja! Menos mal que me he podido apartar un poco”. Se miró la camisa. “Bueno, es solo un poco de agua. Con este calor, en quince minutos, seca”. En ese preciso instante, una furgoneta se paró frente a la casa de Cárdenas. Se abrió la puerta del conductor y este bajó del vehículo.

—¡Coño! ¡Delgado!

Amalio Delgado se acercó al portal y llamó al portero automático. Sito sacó su Canon compacta y empezó a tirar fotos en modo ráfaga. Delgado esperó junto al portal. Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y apareció Cárdenas. Sito decidió grabarles. El vídeo le pareció una mejor prueba. Les grabó mientras se estrechaban la mano. No podía oír lo que decían.

—¿Qué tal, Amalio? ¿Todo bien? —preguntó Cárdenas.

—Sin problema. —Echaron a andar hacia la furgoneta—. He puesto unos pulpos. Las cajas ni se mueven. Y ya viste que el bicho va bien acolchado.

Delgado abrió las puertas traseras de la furgoneta. Sito estaba situado del otro lado y no podía ver lo que había dentro. Se bajó de la moto y, con disimulo, se dirigió a un punto desde el que poder ver el interior del vehículo.

Cárdenas contempló las dos cajas que, fuertemente amarradas al suelo y a las paredes de la camioneta con una serie de gomas terminadas en ganchos metálicos, reposaban en la trasera del furgón.

—¿Cuál es la del pájaro?

—La pequeña —dijo Delgado, señalándola.

—¿Y la vitrina? ¿Has comprobado las medidas?

—Sí, tranquilo. Esta vez están bien.

—Pues vamos.

Delgado cerró las puertas antes de que Sito fuese capaz de grabar nada. Aunque llegó a atisbar las dos cajas. “¡Mierda!”. Eduard y Amalio se subieron a la furgoneta. Sito echó a correr para no perderlos. Se mantuvo a cierta distancia durante todo el trayecto, para no levantar sospechas. Poco después avisó a Menchu, aprovechando un semáforo en rojo.

De camino. El pájaro está en el nido. Repito, el pájaro está en el nido

Menchu vio el mensaje al instante y levantó los ojos al cielo. ¡Sito y sus películas!

 

 

Continuará…

 

Fernando Arnáiz:

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